La ultima oportunidad (Parte 3, FINAL)
[Editado en 08/05/2016]
Ella no apareció hasta cuatro días después del funeral, excusándose que extravió su celular y que la universidad la absorbía y por eso no supo nada. Yo… le creí.
El domingo de la primera semana, su ex compañera de departamento -lo había dejado debido a problemas económicos-, me vio en un mall me saludó y dijo “supe lo de tú viejo, lo lamento, debe ser horrible que todo se te venga encima de una vez”, yo le agradecí y nos bebimos un café.
Estaba muy alegre mientras hablamos, hasta que le pregunté por Marcela, si se veían o no. Su cara cambió, de repente bajó la mirada y dijo “¿cómo puedes preguntar por esa, sobre todo después de lo que te hizo?”. Quede frío… ¿lo que me hizo?... no comprendía que quería decir “¿a qué te refieres?”, le pregunté. “¿Cómo que a qué me refiero? Termina contigo después de engañarte de esa manera, no sé como estas tan tranquilo…”,
“No hemos terminado, no me ha dicho nada”-le respondí serio, molesto. Ella no sabía que decir, donde meterse y no le di tiempo de pensar, me puse de pie, deje caer el dinero de los dos café en la mesa y me fui. No entendía nada de lo que estaba pasando, me estaban engañando… no, ella me amaba, no lo haría… ¿cierto?
Las dudas me invadieron, un impulso me hizo pensar en ir a su casa… desistí, además, debía hacer tramites para el terreno donde enterré a mi padre. Lo pensé toda esa noche y el martes de esa semana, fui a la puerta de su universidad. Llegué a las ocho treinta de la mañana, ella entraba a la ocho. Cambié mi vestuario radicalmente, no quería ser reconocido. A las diez, llegó un tipo de unos treinta, quizás un poco menos, a mi lado, yo me hice el desentendido y me alejé. El tipo se quedó ahí, fumando un cigarrillo, me daba mala espina. Llevaba un chaleco gris cuello de tortuga, jeans azul grisaceo y unos zapatos dieciséis horas café. Diez y treinta y ella sale. No me había dado cuenta de cómo cambió su forma de vestir, junto a un bolso rojo que le cuelga del hombro, traía un blazer rojo, blue jeans y zapatillas comverse.
Sin más, se lanzó donde el tipo del chaleco y lo besó apasionada, aún más, descontroladamente. Mi cuerpo sintió un dolor que fue de la cabeza a los pies. Apenas me mantuve consciente, recordé en cosa de segundos todo lo que había vivido, todo los malos recuerdos destrozaron y devoraron los buenos... en un momento, volvió la lucidez y ellos ya no estaban. Como zimbie caminé y volví a mi casa. Ésta, estaba tan sola y descuidada desde que mi padre se fue. A pesar de no ser muy grande, para mí era un tremendo 'caseron' de esos que se ven en el campo. Mis manos... mí cuerpo temblaba, en mi mente se debatían en una ardua batalla insultos, preguntas, lamentaciones... ¿por qué?
Quizás sea justicia poética. Al día siguiente, fui a su casa. Golpeé durante cinco minutos, insistentemente, cuando iba a desistir, salió el sujeto del día anterior, esta vez solo con una camiseta y unos boxers. No pude decir nada, cuando ella salió, traía su pijama de siempre, uno rosa muy infantil. “Que pasa cari... tú” dijo, hizo el amago de sorprenderse, pero luego su rostro se volvió frío, indiferente y duro.
“Deja, yo hablaré con él”. El tipo que era más alto que yo, pero también mucho más delgado -lo que lo hacía muy poco intimidante-, me miró despectivamente y se alejó de la puerta. Marcela en cosa de segundos se puso un jeans sobre el short y cubrió la camiseta con un polar y salió, cerrando la puerta tras suyo. Su casa está muy cerca de una vereda, solo lo separa una reja alta cubierta por enredaderas y entre la casa y la vereda, hay una porción de pasto, ahí se puso y me miro entre juntando los ojos.
No sé qué diría mi cara, pero ella dijo “¿Qué? Qué esperabas que pasara, si tú y yo somos tan diferentes. Nuestras vidas son diferentes, tú no tenías nada más que ofrecer y me canse. O sea, de verdad lamento por haberte engañado y no terminar antes, pero como que no estaba segura de cómo decirlo, además Javier me invitó unos días a la nieve cuando supe lo de tu padre e irte con el 'notición' de que esto se acababa... no soy tan mala ¿sabes?”
Al oír esto, mi cuerpo ardió en rabia “no soy tan mala ¿sabes?”... En mi mente surgió una nube gris, salió como humo de una casa en llamas. Mi mano latía de tanta presión sanguínea... pero... no era rabia, era impotencia, era agotamiento por perder una y otra vez, era dolor de no haber hecho las cosas bien, de que en mi vida le dije “te amo” a la gente importante, como al pobre viejo; que por demostrarme que nada me importaba, use gente que, seguramente, hoy esconde la desconfianza de encontrarse con otro tipo como yo...
En fin, quería explotar. Sin pensarlo, dije un pensamiento en voz alta “¿por qué?...”, mientras miraba al suelo, Marcela pensó que se lo decía a ella y se molestó y dijo “¿por qué?, Ya te dije, eras ABURRIDO, muy reposado, no supiste divertirte ni enseñarme esa vida emocionante que merezco, no, era muy 'loser' y además…”. No soporté más y la abofeteé realmente fuerte, cayó al suelo y de repente tenía al tipo alto sobre mí, pero yo ya había peleado muchas veces y este tipo no intimidaba a nadie, así que me zafé de él y lo golpee tanto y en distintas formas y lugares, procuré siniestramente golpear de formas y lugares donde dejara marcas. Solo cuando él yacía en el pasto, me detuve y escuché la voz en llanto de ella que gritaba “¡detente por favor, te lo suplico!”. Al oírla, miré mis manos manchadas, se empezaron a borrar como niebla y mi vista también.
Escuché gente alborotada y entendí que debía salir de ese lugar. Corrí cuatro cuadras y aborde un taxi que me dejó en mi casa. Entre muy aturdido, aún sentía todo borroso, entre a mi pieza y cerré la puerta. Mi respiración era agitada y me faltó el aire cuando comencé a llorar, no recuerdo desde cuando no lloraba, para el funeral de mi padre no solté una sola lagrima, pero… ahora sí ¿por qué? Quizás porque perdí por fin todo, ya no quedaba nada, ya no creía nada, ya no había un solo camino para mí… pronto me quedaría sin hogar, porque la casa pagaría las deudas que yo y el viejo teníamos, no tenía un solo amigo de verdad, mi familia apenas me conocía y ahora la perdí, mi ultima oportunidad de querer de verdad, de no jugar y solo entregar… ya no había nada, ni un consuelo, ningún sonido, ninguna esperanza.
Recordé el revólver, recordé las seis balas. Saqué la caja donde la guardaba y la miré largo rato, la casa en silencio y yo sin más calzadas en que arriesgarme a andar. Convertí mi Taurus calibre 38 en juez, la posé en mi sien y… ya no habrá remordimientos.
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