El final perfecto
[EDITADO en 10/04/2016]
La ciudad nos parece devastada, como futurista y de ciencia ficción. Pero no, nada de eso, es un lugar común.
En las paredes están llenas de propaganda política de años atrás, además de estar rayada encima con sprite de mala calidad que con agua se derrama. El aroma del lugar, no es mejor que su aspecto. En sus esquinas hay mujeres, con cortas minifaldas, fumando cigarrillos. De vez en cuando se detienen autos, no muy grandes ni lujosos. Ellas se acercan a las ventanas, hablan un poco y muchas se suben, otras solo vuelven a la esquina a prender otro cigarrillo.
Un hombre, alto, muy delgado, que va formal, como saliendo de la oficina, entra a uno de los bares que ahí son abundantes. Debe esquivar a dos hombres que llevan a un tercero en claro estado de embriaguez, gritando groserías. Lo botan en la vereda y lo patean hasta que solo se queja. El hombre alto, ni siquiera vio esto, pues solo esquivó y entró.
Se sienta en una mesa. El lugar es pequeño, más que bar, parece un restaurante, pero claro, no hay menús de comida, solo un papel plastificado con el precio de los tragos, aunque no está muy bien cuidado -seguramente porque la mayoría pide cervezas sin siquiera tocar la carta plastificada.
Él pide brandy, para comenzar, dice. Mira su reloj de pulsera, es antiguo, un Samsung. Los números romanos le indican que son las nueve con dos de la noche.
Como dijimos, es alto, delgado, luce formal, su traje es gris y su camisa blanca con delgadas líneas negras, su reloj tiene números dorados y una correa de cuero café. Sus manos son delgadas y algo venosas, sus uñas están bien cuidadas, su pelo es corto, lo suficiente como para no peinarlo, aunque no está rapado; usa gel para que se vea húmedo. Su cara muestra unas pequeñas gafas bifocales, con marcos al aire, su piel tiene varias imperfecciones, nos hace pensar que tuvo un acné severo, pues, aún hay granos en ella, además, hay una fea cicatriz en su cuello, un corte que no cicatrizo bien. Sus orejas son pequeñas, en demasía, al igual que sus ojos que, sin lentes, nos harían pensar en que es de origen asiático, pero no es así -o por lo menos, él lo desconoce.
Se acerca una mujer de unos treinta y cinco o más. Parece ser una habitué del lugar. Trae el pelo rubio, pero con claras diferencias de tono. Está un poco ebria y antes de que pudiera decir algo, él sin mirarla le dice esta noche no, gracias. Lo mira con desprecio y vuelve a su mesa. La cara de él es muy seria, como molesto. Se bebe el brandy, no le gusta. Se queda con los codos sobre la mesa, las manos enlazadas y nos permite oír sus pensamientos que dicen así:
“Estoy cansado, tengo un mal sabor en la boca y lo que es peor ¿qué hago en un lugar así? Creo que he perdido mi alma finalmente. No creo razonar lo que hago. Me encierro en una fea oficina a tipear documentos que ya ni siquiera leo. Debo rendir pleitesía a gente que no merece ni un saludo. Debo conformarme con un sueldo miserable y llegar a un departamento que, aunque lo he pintado un millón de veces, de múltiples colores, me sigue pareciendo un lugar gris y triste. No tengo verdaderos amigos y no me siento cómodo con nadie. Carezco de una opinión en cuanto a algo. Leo mucho y aún así, siento que no sé nada…” - bebe, ahora, whisky. Da un profundo suspiro y continúa hundido en su mente- “Una vez traté de amar. Disfracé mi lado oscuro y pesimista y lo rellené de sonrisas y de “tranquila, todo irá bien”. Para luego darme cuenta que había sido usado. Pagar una deuda que ella me hizo adquirir, gastar todos mis ahorros… fui un imbécil, lo sé. Supongo que eso mermó más mis esperanzas”.
Bebió hasta la medianoche, de ahí comenzó a caminar. El mismo camino de siempre. El ser alguien sin alma, te quita el miedo, sabes que no tienes nada que perder. Vemos que el cielo está nublado, al inicio se colaban rayos de luna, pero ya no es así, las nubes son negras y parece que lloverán pronto.
En la vereda que muestra una fábrica abandonada después del terremoto, a un lado, y al otro, unos pinos muy grandes -antes había un muro, pero cayó en el mismo terremoto. Pasos de tacón oímos. Son varios pares. Él, no mira atrás. Lleva su chaqueta al hombro y se tambalea, está borracho. El perfume a Coral, se hace más y más intenso. Sin más se ve rodeado por mujeres y hombres vestidos como mujeres. Caminan a su ritmo, sin decir nada. "Dame la plata", logra oír. Su cuerpo sin alma no reacciona y continúa caminado.
De repente siente un puñetazo en el pecho que vino desde su izquierda. Cuando se giró sin entender que ocurría, sintió otro puñetazo en su espalda. Se detuvo, las mujeres y hombres también, lo rodean. Él los mira, sin entender nada, mientras en sus oídos siente un pito que aumenta progresivamente. Su cuerpo pesa tanto, vemos doblarse sus rodillas y su tronco hasta caer. Una vez de rodillas, se acerca una de ellas que no era mujer y le da un golpe de rodilla en la cara, destrozando de paso los lentes.
Él siente como le revisan los bolsillos, como no ven nada lo alumbran con celulares. Abre sus ojos y siente que su mano esta en un liquido espeso, él no lo nota -pero nosotros lo sabemos- es sangre. Una vez que lo han dejado sin nada, se van rápido, ellas y ellos. Comienza a llover, él siente más frío cada segundo que pasa, y más sueño también.
Oímos, esta vez su voz que dice, entre sonrisas débiles “jejeje esta es la manera perfecta de morir…para alguien como yo… un buen final”.
Vemos el cuerpo tendido en la vereda, empapado. Nuestra visión, que es como una cámara, se aleja, desde el plano americano, a un primer plano, a un plano general y así continuamente, hasta llegar y cubrir toda la ciudad, perdida entre edificios como árboles que ocultan una cueva y noche que la viste de negro.
Comentarios