La ultima oportunidad (Parte 1)
[Editado en 25/04/2016]
Ya era muy tarde para mí. No había ninguna esperanza en el corazón. Si alguna vez hubo buenos sentimientos, esperanzas y sueños, se esfumaron con el sonido del revolver percutido en mi sien. Ya no eran seis, eran cinco las balas que quedaban. Pero a mí, eso ya no me importaba. No importa si fue hoy, mañana o ayer.
No lo sé, no me considero inocente… pero… ¿tan malo fui para merecerlo?...
Viví durante veinticuatro años en la misma casa. Mi padre quedó cesante por un problema a la espalda, casi invalidante, así que lo jubilaron. Mi madre nos sostuvo desde entonces. A los dieciséis, ella se fue con un taxista. La volví a ver a los veintidós, ni la salude.
En la escuela, siempre fui conflictivo. No me interesaba estudiar, así que me dedicaba a jugar fútbol y conseguía quien hiciera mis deberes. Después de repetir primero medio, me calme, no me hice un genio, pero no volví a repetir un grado. En segundo medio tuve mis primeros noviazgos, aunque ninguno duró más de un mes, de hecho, solo en tercero medio tuve un pololeo de ocho meses que acabó, como todos los demás, cuando engañé a mi novia con su mejor amiga. El porqué, no lo tengo claro, pero era un deporte para mí, desarmar las amistades entre chicas. Ahora, con los sesos desparramados, pienso que, quizás, la ausencia de una madre y el rencor por esto de mi padre, me hizo coger un odio insano hacia las mujeres y por eso las use.
Me considero, en cuanto a chicas, un tipo que tuvo suerte. Eran realmente lindas mis novias. Claro, algunas eran… ¿cómo decirlo? Poco intelectuales… bueno, tontas en realidad. No me importaba, yo solo buscaba un buen culo y suaves tetas. A los quince, perdí mi virginidad. No podría decir como fue, estaba muy borracho como para recordarlo. De ahí no paré, hasta que ella apareció…
Bueno, salí del colegio y di la prueba de ingreso a la universidad, me fue mal como era de esperar, así que entré a un instituto a estudiar mecánica. ¿Cómo la conocí? Veras, dejé de ser un cazador de mujeres, por decirlo así, pero de vez en cuando se daba la oportunidad y tenía sexo, a veces más de una vez por semana, otras cada dos o tres semanas. A los veintiuno, celebré mi cumpleaños con mis compañeros de U, fue algo tranquilo, porque se venían los exámenes. Fuimos a un bar universitario en Manuel Montt y bebí bastante. A eso de las nueve y media me fui a tomar el metro, los demás ni notaron que me ausencia.
Cuando estaba cerca del metro, no pude más y vomite. Ya no quedaba nada en mi estomago, de paso volví en si un poco más, e iba a continuar hacia el metro, cuando ella se cruzó de repente en mi camino y cayó feo. Una maqueta que llevaba en sus manos voló por los aires y al caer, el edificio, que se asemejaba, según yo, a un estadio de fútbol, se hizo trizas en el suelo. Vi todo como en cámara lenta y no reaccione, hasta escuchar un “¡nooooo!” tan fuerte, que no pude controlar mi impulso y gire. Ella estaba de rodillas, sus lágrimas empezaban a caer. Yo me quede mirándola, sin saber que hacer, ella lloraba a mares.
Le pedí sinceras disculpas, tratando de parecer sobrio, ella seguía llorando. Le recogí lo que pude de la maqueta y lo deje frente a ella; ella seguía llorando. Me puse de cuclillas frente a ella, con las manos en la boca, ella seguía llorando. Le dije “está bien, yo te ayudaré a terminar la maqueta, verás que entre los dos quedará mejor que antes”, esto sin pensarlo; ella, ya no lloró, me miró seria y dijo, con cara de cordero “¿de verdad?”, respondí, aunque dude, que sí. “Pero igual, no te conozco, no puedo dejarte entrar a mi casa así como así… pero, esto de verdad es importante… no sé”.
Sus ojos algo tenían, pero me hicieron hablar cosas que en mi sano juicio no diría. “Esta es mi billetera, dentro está mi carnet, mi pase escolar, una tarjeta con el número de mi casa y el celular de mi padre y como tres lucas que me quedan. Tenlos como penitencia hasta que tu trabajo este terminado”. Ella abrió sus ojos y luego sonrió.
No sé, sus ojos me perturbaron, algo se movió en mi interior.
[Continua]
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