Un blog de cuentos

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domingo 8 de enero de 2012

Kim una ocupante diminuta [fanfic]

[Bueno, este es un fanfic de la pelicula "Arrietty y el mundo de los diminutos" es el segundo fic que hago, pero primero que publico. En esta ocasión cuenta con la coperación de Angélica SILVA Poblete -xD-, quien lo editó corrigiendo errores e inconcordancias. Espero les guste y comenten] Kim tenía 12 años y tan solo con unos cuantos centímetros a su haber, era la más pequeña de los diminutos. Su madre era hermosa, de nombre Arrietty. Su padre, Spiller, había fallecido varios años atrás, cuando Kim solo era un bebé. Los bisabuelos, los abuelos y los padres de Kim, siempre habían sido lo que se conoce como buscadores, oficio consistente en tomar objetos del mundo de los humanos, sin que aquellos se diesen cuenta; estos objetos debían ser poco necesarios, de tal forma que los humanos no los buscasen al perderlos. Fue en una misión que su padre murió y por esta razón, Arrietty, era muy sobreprotectora con Kim. Esto cansaba a la niña, quien se sentía aburrida y ahogada dentro de su hogar. Desde los cuatro años, Kim cantaba canciones a su abuela Homily, a quien le encantaban y hacían feliz. Con los años, Kim fue cantando más y más hermoso, pero no muchos diminutos conocían su voz, ya que el temor de su madre a que la niña fuera escuchada por algún humano, la llevó a ocultar este don. Era así que Kim solo cantaba a su abuela o cuando estaba sola. Al morir Homily, se mudaron a una hermosa casa humana, era muy grande y antigua, blanca como la nieve y con un jardín hermoso que había crecido en libertad. La casa pertenecía a una pareja de jóvenes que amaba la naturaleza, por lo que nunca usaban químicos en sus plantas ni perturbaban a los insectos de los alrededores. Esto lo había escuchado Arrietty, por eso le pareció un buen lugar para quedarse –sin que esto significase que sus resguardos a Kim desminuyeran-. Un día, Kim paseaba bajo el piso de la gran casa, mientras su madre ponía a secar la ropa. A lo lejos oyó una voz que cantaba. Fue en busca de ese sonido sigilosamente y al fin vio a una delgada mujer, de piel blanquecina, sentada en una mecedora cantando. Kim no pudo contener las ganas de acercarse y se escondió a pocos metros de la mujer. Era una hermosa joven, la que pesar de verse un poco desaliñada por algún tipo de enfermedad, mantenía incólume su belleza. Kim quedó absorta en la hermosa canción, hasta podría haberla cantado aunque no supiese la letra. La melodía terminó suavemente, tanto, que Kim no se dio cuenta que la mujer la había descubierto. La niña temió lo peor cuando vio los ojos de la mujer sobre ella, pero su alarma se apaciguó poco a poco. Los ojos de la mujer eran bondadosos, cálidos. “No temas, no te haré daño”, le dijo la joven; sin embargo Kim huyó de inmediato. Al volver al lugar donde se encontraba su madre, vio que esta la observaba con ojos severos y la interrogó para que le dijera donde había estado. “Estuve dando un paseo; al ver que me alejé demasiado, corrí de regreso, eso es todo” dijo la niña. Arrietty hubiese sabido fácilmente que la niña mentía, pero hacía años que había dejado de ser esa niña comprensiva y mágica, que fuera amiga de un humano, pues el temor tomó su corazón; de este modo, creyó lo que Kim le dijo. En los días posteriores, Arrietty permitió a Kim que paseara en las cercanías, pero siempre llenándola de advertencias. La niña no dudó en volver a ver a la mujer, esta vez, eso sí, con cuidado de no ser vista. Al llegar, la mujer cantaba la misma canción y la repetía una y otra vez, por lo que Kim no tardó en aprenderla. La cantaba junto a la mujer, pero con un leve murmullo. Pasaron los días y la mujer interpretó otras canciones, que la niña también aprendió y cantó. Con el tiempo, Kim descuidó las precauciones para no ser vista, siendo descubierta nuevamente por la mujer. “Sabía que volverías… cantemos ¿de acuerdo?”, le dijo la mujer con una enorme sonrisa en su pálido rostro. Llena de dudas, Kim cantó junto a ella. A pesar de su tamaño, su voz se oyó clara y potente; era algo único. Nunca un diminuto había tenido esa habilidad de hacerse oír por los humanos sin tener que usar algún elemento que intensificara su voz. Además, nunca hubo ni volvió a haber alguien con tan hermosa voz entre los diminutos. Desde ese día, Kim y la mujer cantaban juntas casi todos los días. Había días en que no, ya que Kim no podía salir, pues Arrietty no se lo permitía. Coincidentemente, esos días de ausencia de la niña, la mujer tenía crisis y su salud empeoraba. Fue en una de esas crisis donde Kim fue vista por los las dos personas que vivían en esa casa. Al oír toser a Mary, la mujer con quien hizo amistad, la niña corrió sin pensarlo, para ver si podía ayudarla. Al llegar, Mary disminuyó la intensidad de su tos y logró balbucear: “Canta… para mí”. Kim lo hizo, pero esta vez cantó una historia de su pueblo; Mary dejó de toser y la oyó atentamente. Cuando la canción acabó, un ruido alertó a ambas y descubrieron que eran observadas por un hombre y una mujer de mediana edad. Mary, con estupor, miró a Kim y le dijo: “¡Corre!”. La niña huyó con todas sus fuerzas, pero al llegar casi al centro del camino, escuchó una voz: “Lo sabía, por eso insistías tanto en salir, por eso habían nuevas canciones”. Su madre surgía desde las sombras, molesta. Arrietty no comprendía la amistad de ambas y le castigó, no dejándola salir de casa durante un largo, largo tiempo. Pasaron las semanas, y Mary entristeció al no ver a Kim y no poder cantar junto a ella, por lo que su salud decayó terriblemente, aumentando la fiebre y la tos. Las dos personas lloraban de impotencia y desesperación al no saber qué hacer, y el médico les había quitado toda esperanza. Fue entonces que entre delirios producidos por la fiebre, Mary pronunció una y otra vez el nombre Kim, llamándola y rogándole que cantaran juntas nuevamente. No sin demora, los dos entendieron que la niña diminuta, que ambos habían visto algunos días atrás, no era una ilusión, que la hermosa voz que escucharon fue real y que ahora era la única capaz de salvar a Mary. Fue así que la buscaron por toda la casa, con desesperación gritaban: “¡Kim, por favor, Mary te necesita… nosotros te necesitamos!”, pero Kim no podía oírlos, pues Arrietty la ocultó muy bien. Sin embargo, algo había unido a estas dos personas, un lazo de amistad tremendo, por lo que una repentina corazonada despertó a Kim de su profundo sueño en la trémula noche. Con un dolor en el pecho, desobedeció a su madre y salió en busca de ese algo que la llamaba. Al dar unos pasos afuera en el jardín, la voz de una mujer llorando la conmovió. “¡Por favor! ¡Sé que eres real y Mary se muere… no soportaría vivir sabiendo que mi hermana se irá de este mundo así!”. Al escucharla, Kim se presentó frente a ella. Al fin, con alegría y un llanto ensordecedor, la mujer tomó a la niña entre sus manos y la llevó a la habitación de Mary. La madre de Kim se dio cuenta que algo había pasado afuera, pues el silencio volvió a reinar. Corrió y al no ver a su hija en su habitación supo enseguida dónde estaba Kim. Sin dudarlo salió en su búsqueda. Al llegar a la habitación de Mary, Arrietty vio a su hija sobre el velador de la mujer que yacía en cama, en silencio y con los ojos cerrados. Arrietty se apresuró, del piso con agilidad subió al velador y, arriesgándose a ser vista, le sujetó fuerte el brazo a su hija y con voz imperiosa le dijo: “¿Por qué haces esto? ¿No ves que ellos no hacen más que preocuparse por ellos mismos y una vez que dejes de ser útil se desharán de ti? Las dos personas oyeron esto, pero no supieron qué decir, puesto que entendían el temor de la madre de Kim, pero ellos no eran así. Ellos respetaban a las criaturas de la naturaleza, sin importar de qué criatura se tratase. Sin saber qué decir, se miraron en silencio, llenos de pesar. Kim mantuvo su mirada en Mary y después de un lánguido silencio, miró a su madre y le dijo: “Madre, comprendo tu temor y tu dolor; yo sé lo difícil que es volver a confiar en los humanos… pero ¿si no los ayudamos, no seremos igual que ellos? ¿Acaso no fuiste tú amiga de un humano hace años? Él también estaba enfermo y tú lo apoyaste… Mary es mi única amiga y aunque mi vida esté en juego, si puedo cantarle una última vez, estaré feliz”. Los ojos de Kim brillaban, al encontrarse segura de lo que decía y sentía. Arrietty se vio a sí misma. En ese momento, recordó a Sho, el amigo humano al que tanto quiso. Cerró sus ojos y soltó el brazo de su hija: “Tienes razón, mi corazón se ha oscurecido y olvidé quien soy… no quiero que te pase lo mismo”. Antes de que Arrietty pudiese agregar más, la abrazó y le sonrió. Kim comenzó a cantar, esta era una canción nueva, una canción sobre dos amigas que el destino unió y que juntas lucharon día a día por su felicidad. El rostro de Mary se transformó, se tranquilizó y recuperó el color. Después de un rato, abrió los ojos, miró llena de brillo a Kim y le sonrió. La hermana de Mary no pudo evitar llorar y corrió abrazarla, el hombre caminó y la observó con una sonrisa. La mujer comprendió los pesares que habían vivido ambos y les dijo: “Ya estoy en casa”, mostrándoles la sonrisa más tierna que ellos hayan visto. Cuando se calmaron los ánimos, el hombre se acercó Arrietty y a Kim que observaban la escena desde el velador, y les dijo: “No puedo responsabilizarme por todo el daño que han recibido, pero les doy mi palabra de que esta será su casa hasta que yo muera, no solo por agradecimiento por lo que han hecho, no solo por que Kim sea amiga de Mary, sino por que todo ser vivo merece paz”. Desde ese día, Arrietty y Kim vivieron en paz junto a esta familia. Kim cantaba todos los días junto a Mary y ésta nunca más volvió a caer tan enferma, recuperando el ánimo y la energía. Incluso, al poco tiempo, llegaron nuevos diminutos, quienes fueron acogidos alegremente por un largo período. Fin.

viernes 23 de diciembre de 2011

Recuerdos, canciones, resúmenes… y todo sigue.

En las esquinas con mis ojos voy tomando, fotografías.

Recorriendo la gran capital, ahora voy por Providencia y hay un coro de señores que le dan un toque de cultura a nuestra escapada. La prensa nos persiguió, dos canales remotos.

Yo y mi horrible polera azul, tú y tu blusa blanca.

Pedro de Valdivia se hace tan pequeño, aunque lo he caminado tantas veces, solo una imagen me importa más que el maldito calor que estoy sintiendo… es mi compañera.

Dejo ir los edificios y mis piernas me hacen paro. Pero el dolor se queda en mis adentros, el cansancio y lo que me molesta estar sudando tanto, no debes saberlo, por que solo te quiero a mi lado, sea en una banca de madera o sea caminando por la Alameda.

Mi camisa blanca y tu vestido verde en un solo abrazo, hacía olvidar el calor, hacía más hermoso ese parque y los presentes… ¿importaban? A mí solo me importaba mi compañera.

Un día fue gratis oír el espíritu de la música, me acuerdo de mis ojos acompañándote por un refresco… éramos niños tan inocentes y yo te veía tan amiga e infantil, pero el aire y tu pelo me giraron en un festival de San Joaquín.

El mundo se llena de flores al pasar por Salvador, mojados para asesinar al calor y en la cocina hay olor a flores.

Caminos perdidos con sabor ha helado, con cinturones de fuego que en un instante todo volvió realidad.

Más de millones infinitos, son segundos que se perdían en los labios, las palabras fluidas como fuego de dos que buscaban crecer lentamente, sin sospechar si quiera donde iba el camino.

Pero la inmadurez nos derrotó, siendo más tontos que pesados nos dijimos que no, nos creímos más tontos y nos alejamos.

Después de tanto, fue difícil pensar sin hablar, difícil hacerse un lugar los labios… sentado en el cielo, miraba un cerro solitario pensando en la sangre que va al corazón y viendo como el cariño se va, como agua entre los dedos.

Perdido un año, revoloteando la madurez, una sensación de vacío, rodeado, llorando por un siglo… que no se atiborra con nada… pero los hilos del sonido nos unen nuevamente.

Ahora caminando entre Caupolicanes y Víctor Jaras, entre consomés de callampas y dulce miel de arañas, entre gatos y liebres… como llegando a Jamaica.

Un día que dijo que NO, un año casi exacto, lleno de temor… no había nadie más que el sol, solo volvía canción y pájaros y tu chasquilla que paralizó mi desenterrado corazón.

Se cerró y abrió la complicidad, las luces apagadas, las seis cuerdas que se hacen un solo sonido… hace tiempo sin cantar ahí y las manos se tomaron renaciendo vagamente, pero parecían no quedar días contados y tuvo fecha de distanciamiento.

Pero como toda historia, se confunde, nos confunde, idas y vueltas y un beso…

Todo se cae en pedazos y un nuevo hilo se levanta en plata… un hilo que nos trae de una huerta, recién plantada que creciendo irá poco a poco y nos traerán alegres pensamientos,

Esperando cuando ya estén florecidos, nos paremos eufóricos, como después de tres cuecas.

Eufóricos estar, mirarnos decirnos solo con vernos “ese fue un gran recital”.

martes 25 de octubre de 2011

Temor a un deseo

Y no era relevante, solo sentarse y esperar. El problema fue darse cuenta de que no tienes mierda idea lo que estas esperando. Un par de mujeres ríen estrepitosamente y yo me imagino de lo que hablan, me es fácil inventarme historias cuando estoy sin música en mis oídos, de estar con mi mp3, me pongo a soñar en ese artista frustrado que llevo dentro. Pero sin música, miro en rededor y me invento sus mundos. Fue así que vi a estas mujeres empezar hablando de zapatos y ropa, pero al escuchar “na’h pero el huevón se gana que lo gorree” y su amiga que estalla en risa, hizo que la historia me la hiciera ver como un despecho con patas, un titiritero sombrío.

Ahí espabile, estaba siendo muy prejuicioso y me prometí a mi mismo, hace unos meses empalagosos, no enjuiciar y no ver solo lo oscuro de la gente y, en el peor de los casos, dejar de verlos antes de escupirles mi odio. A la larga, es me hacía peor a mí.

Una mujer de unos veintitantos estaba con un gorro de tela polar, o algo así, y anteojos de sol. Pelo oscuro, ondulado y muy largo; anchas caderas y menuda figura. Sus ropas iban de acuerdo a la estación otoñal que nos envuelve. Era muy linda.

Me pedí un café y un queso caliente, pues pensé “éste tipo ya no llegará puntual y por último, y si llega, tengo hambre y quiero desayunar” cuando pesas más de dos veces lo que deberías pesar, desayunar es una necesidad de vida o muerte, tu cuerpo te pide la comida más que el oxígeno. Mientras revuelvo mi café, pienso en que me siento peor, en que me auto-destruyo. Recuerdo que alguien alguna vez, me conoció antes de verme a mi mismo perdido… no, más bien siguiéndola a ella me perdí. Cuando pierdes el sentido de lo importante, lo intentas recuperar de las peores maneras, y yo escogí comer. De repente, recibo la llamada del sujeto que esperaba y como supuse, se atrasó, mientras se escusa, sorbo mi café.

La mujer del gorro y las gafas también tenía su celular en el oído, sonreía coqueta y solo logre escuchar “pero apúrate eso sí, no voy a esperarte todo el rato”. En un momento pensé en que no duraran mucho, que él le miente y un sin fin de cosas negativas, ahí me detuve de nuevo.

¿Por qué todo iba a andar tan mal? Quizás sea un amor sincero y mueran juntos, pero mi resentido pensar a veces me atrapa en una vorágine negra. Me molesta tanto pensar así…

Me acaricio a lóbulo de la oreja, con el dedo índice. El sándwich de queso derretido ya es historia y el café agoniza. No sé cuanto me desaparecí del mundo, pero la mujer del gorro ya no está, solo un joven limpiando la mesa en la que estuvo sentada.

Llega el que se retrasó, yo estaba pagando mi desayuno cuando llega y dice:

-¿y, estamos listos para empezar?

- no sé huevón –respondo ya disgustado por todo lo que he pensado- hace mil años que no toco y no creo que sea lindo ver a una ballena de 120 Kg. sudar desde el primer acorde hasta el ultimo.

- ¡pero hombre! Esto no se trata de estética, sino de ganas, no te invité a tocar al Arena Santiago, te invite a tocar en el garaje y con dos o tres amigos hastiados de la vida monótona, personas que lo ven todo como bañado de un humo grisáceo y que antes de matar a sus jefes o de morir ellos, prefieren rasgar sus dedos sobre finas cuerdas. Es mejor comunicar sobre lo irreal y lo real que dejar de ser real y mirar lo irreal.

No supe que contestar. En el fondo, la fantasía de ser un poeta y un revolucionario, nunca se fue de mi lado. El trauma de haberla perdido estando en un escenario, ahora, no me parecía suficiente razón para dejar de estar arriba.

No podría negar que me gustaría verte de nuevo ahí abajo aplaudiéndome, pero ahora entiendo que soñar es mejor que no hacerlo y tú lo haces a tu modo. Desde ese día invente el mío. Aunque no sea nada relevante.

viernes 21 de octubre de 2011

Shall We Dance

[This is the first story translated into English. Thanks to Isabel Marchant who made the translation. Hope you like the story and comment in order to get more versions in English. Sincerely, Taro.]

Let’s go dance. I don’t know how to do it, but I know that I will regret it if I don’t. I saw you many times before but I didn’t know where you were from… although it doesn’t matter. The only thing that I had in my mind was: “Should I invite her to dance?” I was afraid…. “What if she doesn’t accept me? What would I do?” The fear that I felt isn’t as strong as the fear that I might feel if I knew she doesn’t love me. Even though, I invited you to dance in the right place at the right time just when the music was instrumental and slow. Your distrustful look makes me squeeze your hand like the gentleman I never was.

Suddenly, you stand up and your dress looks like gold on your dark skin, your glasses catch my attention immediately. We walked toward the dance floor. Because of my sudden sway maybe you thought that I was a little drunk; it’s not true. You simply drive me crazy and I think: “Oh my God! I want to share my whole life with someone like you” and our hands don’t sweat because we feel comfortable being together. I don’t know if that’s good or not, perhaps I’m another ordinary guy in the world and you’ll forget me when you leave this place. Or maybe I’ll be the butt of your friends’ jokes. Yes, that short girl will use you to make fun of you. Then when the guitar sounds alone, I realize we dance together, I haven’t said nothing because actually, I don’t have anything to say.

Almost like a tic, when we look each other, you smile without showing your teeth. I try to kiss you; it is a necessity, as if I had been six months and eight days without a kiss, without feeling you in my soul, but I stop. I know I shouldn’t, I still don’t know you and I’m only thinking about you like an incomplete and unreal eleven-month dream.

I still dance, this time your eyes are looking somewhere else like you’re wondering when this will end. That makes me nervous and I begin to look elsewhere as well. Suddenly, my fearless side wakes up and I ask you: “Do you have a cell phone?” Do you realize how stupid that question is? We live in a country which has about seventeen million people and there are nineteen million cell phones so it is a fact that you have one! Although on second thoughts, I gave you the chance to tell me: “no, I don’t have one, it was stolen.” However, you didn’t.

I took my cell phone out of my pocket and you gave me your number. At that moment I asked you to say your name for the first time and it was really beautiful. The song ends, you smile at me, then you kiss me on my cheek and as you turn and walk away I look at you. I can still remember your bare back in that dress you wore that night.

It’s 2 pm, I realize that the last night party was… I took my cell phone and I wanted to call you. My cowardice and the memory of your deep eyes looking at me stopped me. “Hi! I am the boy you met yesterday evening, do you remember me? That stupid question that someone asks when he doesn’t know what to say. Oh my God, You drove me crazy; I do want to see you right now!

“I was thinking if you wanted to drink something with me some day, anything you want…” (When I said that I realized that I showed her my desperation to be with her) “Well, you can call me whenever you want, OK? Take care, bye!” I’m still waiting for her answer. I sent a text to her two days ago and I don’t know if I should try again, if I should call her. In fact, I can’t still believe that I had the courage to invite you to dance.

sábado 10 de septiembre de 2011

El sonido del viento


Las calles son siempre grises en la soledad de la madrugada. Siete treinta y el centro de la ciudad está lleno de gente que corre afanosa, rabiosa por fines que solo ellos comprenden y que según yo, no valen el dolor de cabeza.
No tengo soluciones para ofrecerles, pues no las tengo ni para mí.
La vereda se ve muy amplia en invierno y muy angosta en verano. Odio que eso ocurra, ya que no se puede escapar del mal humor de las personas… bueno, en realidad estoy preso en mi propio humor. Ya ni consumir me satisface, creí inocentemente que comprando muchas cosas sería feliz, pero no ha sido así, desearía profundamente escapar… donde sea.

Los miércoles son días que tienen un mal sabor para mí. Saber que queda aun la mitad de la semana, lo hace el día más lento de los siete, pero como no tiene la ansiedad que encierra un viernes, por lo menos el tramo laboral es menos punzante. Aunque mis viernes no son de happy hours, una enfermedad al estomago me obligó a ser abstemio antes de los diecisiete, y salir sin poder beber, hace que la velada pierda mucho, pues mis compañeros de “parranda” son buenos bebedores, así que son más comunes los sábados de asado sin alcohol con otro grupo de amigos.

Aún así, era miércoles y el metro, como de costumbre, estaba repleto. Me bajaba en una estación diferente esta vez, pues debía ir a buscar unos papeles para un diplomado de mi especialidad. Fue en la estación donde acostumbro a bajar, y donde baja la gran mayoría, donde ella subió.
Fue inmediato, la miré de pies a cabeza y en el mismo instante supe cuanto me gustaba, aunque también pensé que no habían muchas posibilidades de congeniar, aunque la simple forma de vestir no me daban señales de aversión, al contrario, me gustó, sin ser nada erotizante según percibí. Su pelo era muy negro y parcialmente ondulado, sus ojos pequeños, casi orientales, su figura era bastante delicada y, a decir verdad, carente de voluptuosidades. Quizás fuese el abrigo beige el que condujera a esa sensación, pero aún así, las voluptuosidades eran innecesarias en el conjunto que ella significaba como total.
Fueron dos estaciones de percepción y análisis, que trataron de ser disimulados.
Llegue a mi destino y baje. Salí de la estación sin mirar demasiado a mí alrededor, raudo quería acabar con el trámite. Al volver, me quede pensando en ella. Fue raro por que nunca un encuentro así me había durado en la mente más de media hora y con suerte, pero esta vez estuve toda la mañana pensando en ella.
Ya el trajín del trabajo, me hizo no pensar en ella y la olvide durante varios días por completo.

El último sábado del mes, no fue de fiestas o algo, por ello, me anime a salir a caminar. Como era algo que a los alrededores de mi departamento hacía normalmente, opte por ir a otro lugar. Recordé cierto parque en el centro al que no iba hace muchos años, así que lo elegí como destino. Al llegar, me pareció seguir igual, hasta podría pensar que era la misma gente de hace cuatro o cinco años.

Recorrí el lugar con calma, casi de manera espiral, desde lo más externo al interior. Habían, como antes, muchas grupos bailando, otros con ropas muy parecidas, algunos andaban en patines y, finalmente, muchas, pero muchas parejas. Quizás fuera tema de enfoque, quizás yo vi más por andar paseándome solo, pero me dio esa sensación.
Un determinado segundo, algo llamó mi atención, era una discusión. No la vi así al principio, pero después de varios segundos, una encolerizada mujer, lloraba y reprochaba cosas que no escuche. Me puse a mirar disimuladamente, apoyado en un árbol, mientras habría mi botella de agua mineral con gas, sé que es más dañina que la sin gas, pero me gusta más.
La escena acaba con un tipo que se va refunfuñando y ella, de espaldas a mí, parecía no moverse, no respirar.
Luego de un sorbo a mi botella, puedo darme cuenta que la mujer tiene algo particular, algo que me llama la atención. Con un lento razonar, creo que la he visto antes. Luego de largos segundos, al fin se voltea y sus ojos brillan como símbolo de un llanto que acababa de dejar rastros de su reciente paso. Note en ese momento que sus cosas estaban repartidas en el suelo y entre eso, una guitarra y su estuche. Se sentó en el suelo y la tomó y empezó a sacar sonidos de esta. Desconozco cuales fueron, pues me quede escuchando mi propia mente.
Su pelo se deslizaba por su hombro y hoy parecía más liso que la vez que la vi, por eso me costó reconocerla cuando estuvo frente a mí de espaldas. Luego levanta su cabeza repentinamente, me mira y entiendo que ha descubierto al espía, por lo que emprendí la marcha para evitar alguna represalia.
Salí del parque, pensando y pensando en lo sucedido. Casi sin brecha, una y otra vez repetí la imagen en mi cabeza. Arme una historia completa. Algo así como que ‘él era su novio y la había engañado, entonces terminaron… pero no tendría sentido teniendo sus cosas en el suelo, entonces pudo ser que fue una pelea repentina y que resultó como estallido de algo que venía arrastrándose hace tiempo… o quizás, solo eran amigos que discutían por algo domestico y que se empeoró, pero quizás después iba a estar bien…’ y así muchas hipótesis que me llevaron a casa y solo se detuvieron cuando salí de la ducha y abrí una botella de leche chocolatada. Ahí vi que esta mujer me estaba volviendo loco y estúpidamente… pero ¿qué debía hacer? ¿Debía volver al parque y buscarla o dejar todo como una extraña anécdota? Al final, opté por ver una película y dormir. 

[continua...]

miércoles 17 de agosto de 2011