Tiempo y culpa



- Quizás si ella hubiera tenido un trasero así, mi obsesión sería mayor.

Pensó mientras el metro avanzaba y la joven a pocos metros le daba la espalda.
Luego se rectificó a sí mismo.

- En realidad su trasero no cambió nunca mi forma de pensar en ella.

Su tiempo parecía haberse detenido en los 25, a pesar de sus 40 años, el tiempo no parecía avanzar en su mente. Cristina había muerto a los 22 y él, a sus 25, nunca entendió porque tuvo que ser ella.

Hace 15 años, una bomba en un humilde kiosco en la periferia de la ciudad se llevó a un locatario de 56 años y una joven clienta de 22 años. La prensa no hizo ruido de este suceso, nadie lo publicó en un diario ni lo escuchó en la Radio. Sólo silencio.

Igual fue así en la justicia, falta de pruebas y el caso no prosperó. Así, José Luis era amputado de su sentido de realidad. Hasta ahora no entendía que pasaba con él.

Fue un romance breve, pero apasionado. Desde la Universidad, cuando se conocieron en el primer año de carrera de ella y tercero de él, la amistad afloró rápido y, el último día de clases de José Luis fue el comienzo de algo más grande, destinado a morir.

Ella siempre lucía sonriente y amable, sin ser demasiado extrovertida. Mientras José Luis era explosivo, muy alegre y bromista. Solía ser el líder de todo, el primero en ser invitado a todo.

A muchos sorprendió que estos polos se unieran. Pero claro, nadie sabía lo largo y profundo que eran sus diálogos y lo bien que se sentían el uno junto al otro, incluso en el silencio. José Luis nunca supo que Cristina rechazó viajar donde su hermana, en Escocia, para estudiar allá, sacrificio que hizo sólo para quedarse junto a él.

Quizás sea una suerte que José Luis no supiera nada, ya que el dolor, quizás, habría sido lo suficientemente grande para no seguir viviendo. Si es que a eso se le puede llamar vida.

Después de este acto incomprensible, sumado al impotente intento de judicializar el incidente de la bomba, Juan Luis volvió a su vida normal sin entender por qué, volvió a reír y a ver a sus amigos, como si nada pasara. Eso, en pequeños momentos de lucidez lo confundía, algo andaba mal. Tuvo que pasar más de un año para entender que él no estaba ahí, que cada vez que bebía una cerveza, no se sentía borracho, ni siquiera sentía su sabor; comprendió que en su cabeza las conversaciones de las noches de fiesta, nunca se quedaron e incluso las fiestas en sí eran tiempos que no ocurrieron. Así que decidió, poco a poco alejarse.

Dormir se convirtió en algo muy necesario. Solía hacerlo varias veces al día, en varios lugares. Perdió un trabajo donde lo encontraron durmiendo más de una vez. Pero no le dio importancia, buscó un trabajo que no fuera complicado y donde pudiera dormir más. Pasó mucho tiempo antes de decidirse a cuidar una biblioteca municipal en la precordillera. Un trabajo fácil, mal pagado, pero con mucho espacio para echar la siesta.

Sin darse cuenta ni entender bien porqué, juntó un monto aceptable de dinero y alguien le sugirió que aprovechara de viajar y conocer el mundo.

Lo hizo y por un breve momento volvió a sentirse vivo, mientras recorría Unter den Linden o el puente Vecchio. Pero estando ahí se culpó de no poder estar allí con Cristina. En realidad era el sueño de Cristina el de viajar por Europa, salir de la casa de sus padres, de esa plaza chica y el kiosco que llevaba ahí toda una vida. Pero quería hacerlo a su modo, no seguir los pasos de su hermana y depender de un matrimonio para buscar su camino. Pero ese camino nunca fue andado.

José Luis volvió a su país natal sin novedad. Al pasar el tiempo, tuvo un par de noviazgos, pero no se sentía bien en estas relaciones, ni siquiera las buscó. Al parecer, la miseria que desprendía por sus poros era atrayente.

Cuando llegó a los 35, se vio sólo en un bar, briago y con ganas de tener sexo con una chica de 25 o similar. Fue una prostituta colombiana la que le dio ese placer. Claro, nunca se compararía a Cristina, pero bastaba.

Así inició su regreso a la ciudad. Volvió a trabajar en lo que estudió, se disfrazó de ciudadano nuevamente, pero no se esforzó en buscar a sus antiguos amigos, pero la vida no quería dejarle tranquilo, así que en un bar, un viejo amigo le consiguió trabajo, no muy bien pagado, pero mejor que un guardia.

Eran 10 minutos para las 8 de un miércoles laboral, cuando se encontró con ese lindo trasero que lo mantuvo distraído durante el viaje al trabajo, donde llevaba años estables.

Sigue sin entender por qué vive y no parece encontrar su respuesta.


[Este texto nace casi sin freno en mi cabeza, no se si lo seguiré, si lo agregue a algo más largo o quedará así. Lamento si los decepciona.]

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