Tres cuentos cortos 2017

Castillo en el cerro


Aún recuerdo la gran piedra en el cerro, la llamábamos piedra “resbalín” por su forma lisa, aunque nunca nos lanzamos por ella. Era firme y por eso construimos en ella. Nuestro club parecía que caería en cualquier momento, pero con la gran piedra jurábamos que era un castillo. Por diez años nuestro castillo siguió incólume hasta que la adultez no separó. Pero nuestro castillo siguió ahí, aunque sus ‘caballeros’ ahora eran pájaros, bichos y ratones. Sólo sucumbió en el verano de dos mil catorce por los incendios forestales que algún idiota comenzó. Una guerra que nuestro castillo no pudo soportar.

Mall

Los malls son lugares sin romanticismo. Aun así, nuestra primera cita fue en el Starbucks del Vespucio. Conversamos varías horas, aunque fui yo quien más habló. Ella asentía con gracia lo que yo decía. A veces agregaba algo, pero finalmente fue un monólogo. Aun así te quise mucho pero los monólogos me cansaron en su momento. Terminamos en la escalera mecánica del mall Tobalaba. Tiempo después la comencé a extrañar, pero ya estaba con alguien. Tres años después ella se casó con un hombre que conoció en el mall Plaza Egaña. Quizás por eso no encuentro romanticismo en los malls.


Compañero de oficina

Siempre que lo veía, tenía tufo a licor, a pesar de eso era buena persona, siempre dispuesto a compartir lo que aprendió en sus quince años en la oficina; saludaba siempre a quien se topaba en donde fuere. Una vez me lo tope sentado en la cuneta en Providencia a las dos de la mañana, borracho mirando al cielo, le pregunté como estaba, “cura’o” dijo serio. Decidí acompañarlo un rato. El tipo habló pestes de toda la oficina, odiaba a todos en secreto. Me vi en su pellejo en unos años más, sonriendo cínica, putiándolos borracha. Tan triste como inevitable. 

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