UN CAFÉ JUNTO A ELIZABETH 2da edición
Era de tarde. El tiempo era el típico clima otoñal de Santiago, nublado y caluroso, o como solemos decir en el campo, estaba abochornado, lo que me hace sudar demasiado y detesto eso. Como fuera, a las cuatro menos cuarto llegó ella. Elizabeth llevaba una blusa impecable, su traje me decía que era una buena secretaria que cuidaba su apariencia sobre manera en horas de trabajo. Sus uñas pintadas de un sobrio rojo, las manos pulcras y cuidadas con dedicación; su pelo planchado, negándole la posibilidad de ser onduladamente libre; esta vez no traía labial, solo brillo; con el pelo tapando parcialmente sus orejas y su cara, lograba simular la redondez de sus mejillas, curvatura que, a mí en lo personal, siempre me gustó. En definitiva, un agradable conjunto digno, al menos para mí, de ser observado.
A Elizabeth la conozco desde hace años, desde que salí de la escuela. Nos topamos en el preuniversitario, inicialmente en lengua e historia. Comenzamos a conversar una vez que el profesor hizo que realizáramos una actividad en parejas, sin darme cuenta, estábamos sentados uno al lado del otro. No era raro que no la notara, en ese tiempo solía estar absorto en la música celta, mis pensamientos y en la lectura de novelas de fantasía épica… ¿Cuál estaba leyendo en ese tiempo? No, no lo recuerdo. Como sea, el profesor entró, dijo algo que no escuché, apagué el reproductor de música y dije:
- Muy bien, júntense con su compañero más cercano para esta actividad.
Mi compañero más cercano de la izquierda, ya estaba conversando con otra compañera, entonces miré a la derecha y estaba ella, con su pelo tomado, con puntas rojizas, lentes de marco plástico y su cara redonda, mordiendo la uña de su dedo pulgar, pensando en algo muy serio, o ese parecía. Siempre detesté iniciar conversaciones, pero era necesario:
- ¿trabajamos juntos? –volteó sorprendida y asintió.
Recuerdo que su actitud cambió, era diferente a la primera impresión, entonces pregunté su nombre y ella el mío, sonriendo alegremente. Sin duda, desde ese mismo momento me gustó, caí demostrando total debilidad hacia ella, aunque siempre procuré no mostrarme tan sumido en su control. Además, esto se facilitó cuando, ya salidos del preuniversitario, me empezó a contar sobre sus amores y experiencias.
Elizabeth siempre fue una chica de relaciones tormentosas, o quizás no tanto, pero suele contarlas de manera tal, que te ves inmerso en una novela rusa del siglo XIX, donde hombres rudos, trastornados a veces pero sensibles al final, la toman cautiva, y parecen, al fin, por segunda o tercera o cuarta vez, el indicado.
Alguna vez tomé valentía para decir lo que sentía, pero no fue la suficiente. Se reía de mis insinuaciones, como si fuera un niño pequeño o el amigo gay con el que nunca pasará nada.
Con el tiempo me hice su hombro, su consejero. Nos veíamos un par de veces al mes en algún café de la ciudad. Elizabeth no entró a estudiar, su padre siempre tuvo problemas de salud y al final del año de preuniversitario, el hombre murió, dejando a su esposa, su hija y su pequeño hijo de seis años solos, por lo que Elizabeth apresuradamente buscó un trabajo, tomando el puesto de secretaria en una empresa que exportaba productos derivados del papel y el plástico, como esos vasos que ocupas en Starbucks. Cuando no hablábamos de amor, me contaba de su trabajo, de lo aburrido que era, pero de lo amables que se comportaban las personas que trabajaban ahí.
Claro que conversaciones como estas, me temo, no eran muy habituales. Desconozco el porqué, pero yo era el tipo para los temas sentimentales. Con resignación, yo la ayudaba, atento y honestamente, diciendo lo que, quizás, debería hacer y que, probablemente, no haría.
Anoche me escribió diciendo que tenía que contarme algo sobre Erick, el nuevo amor que entró en su vida. Según me ha dicho, él está terminando contabilidad, es un poco callado, pero eso no le molesta, tampoco le molesta que a él no le guste tanto leer novelas o escuchar a The Who, como a ella; todo eso lo suple siendo apuesto, honesto, según ella, caballeroso y determinado.
- Él es muy seguro, tiene todo muy bien pensado, es admirable –al escuchar esto pensé “o sea, totalmente diferente a mí”.
La verdad, por lo que me cuenta, no es un mal tipo, ni si quiera puedo decir si es mejor que yo o no, ya que lo bueno y lo malo de él son subjetivos, sólo en el tiempo y el espacio de Elizabeth. No podría juzgar alguien desde los ojos de ella, que suelen perfeccionar el mundo, aunque no lo merezca.
Como sea, nuevamente seré paciente, reiré y fingiré alegría o tomaré su suave mano y la consolaré, según sea el caso. Me concentraré como siempre en sus labios voluminosos, que quisiera tanto probar con delicadeza, como el más delicioso manjar… pero resistiré, estoico, y cumpliré con mi parte. A eso me dedico, es un papel triste, pero alguien tiene que hacerlo. He pensado en dejarlo y huir de ahí, pero como un fumador que baja de vente cigarrillos a diez, luego a cinco y luego a tres, para terminar volviendo a diez, yo vuelvo a aceptar sus invitaciones a tomar café.
Solo unos pocos saben lo que hago, mas todos coinciden en que no debería seguir, que cuando me emborracho dejo ver mis heridas, cada día más profundas. Pero aún no sé detenerme. Quizás albergo la esperanza de ser el instrumento del desquite para el despecho o su yodo en la herida… no pasará, pero una parte de mí lo anhela.
Como sea, será un nuevo cappuccino junto a Elizabeth.
[FIN]
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