Cadencia después de un trago amargo (parte 1)
[Editado 20/03/2016]
Hace muy poco que tomó esa costumbre de, cada vez que estaba un fin de semana solo, beberse una botella entera de coñac. Su mujer lo había abandonado, por lo demás, por su completa culpa. Él se obsesionó trabajando, paradójicamente, con la intensión de juntar dinero para un gran viaje con ella. Lamentablemente, ella nunca lo supo, creyó que él la cambió por su trabajo.
Bueno, también hubo ese típico e infaltable sujeto, ese que pinta la vida de aventuras y desenfreno sexual, porque siendo justos, Octavio no era bueno en la cama, tampoco malo, pero muy inseguro, entonces claro, hacía las cosas mal. El día que Soledad le dijo “me voy, ya no quiero seguir con esto, me canse de ti, de tu mediocridad y tu continuo abandono… Además, he conocido a alguien que me escucha y me hace sentir mujer, algo que contigo olvidé”, el mundo de Octavio se derrumbó, sin previo aviso.
Pasó 25 años creyendo que el amor era una mierda, un juego biológico para aparearse o un producto de marketing para vender productos. Pero el castaño pelo de Soledad fue el inicio de un nuevo pensar, él cambió, hasta vendió su bajo para darle la mejor noche de su vida, en un buen restaurante, en una disco de renombre, comiendo y bebiendo lo mejor… Ahora, se arrepentía y decía “siquiera mis lágrimas saldrían al tocar las cuerdas de mi bajo”.
Desde el día que ella se fue, Octavio no soltó ninguna lagrima. No existe explicación para esto. Tiraba licencias tan seguido después que ella se fue, que lo despidieron. Como ella nunca vino a buscar las cosas que él le compró, las vendió y con eso se mantenía. Se cambió de su departamento de 3 habitaciones, a una pieza con baño; podía seguir en el otro departamento por varios meses por lo ahorrado para el viaje, pero a pesar de estar deprimido, nunca dejó de ser muy ordenado y consciente con su dinero.
Un día, decidió cambiar el coñac por un vodka tónica, así que fue a un bar. Para ahorrar pensó en ir a algún cuchitril de poca monta, pero se arrepintió, tan bajo no llegaría aún. Recordó que le hablaron de un bar en el barrio “Bellas artes”. Un piano bar tranquilo y con tragos baratos, así que ahí pasaría dos horas de su vida, solo por variar.
Se sentó en la barra y pidió su vodka con tónica, siempre quiso estar en un tipo de lugar como ese, lo leyó tantas veces en novelas, que no le parecía mal estar ahí. Ignoraba el detalle que, la gente que va ahí en las novelas, lo hace para encontrarse con alguien o para deshacerse bebiendo. Esto último no era opción, ya que debía volver a su casa, ya que no se quedaría tirado en la calle, pasando frío. Así que bebió lentamente su primer vodka, mirando alrededor. Era jueves, había mucho oficinista, ya sea solo o acompañado; muchos con mujeres con minifaldas y pelo mal teñido de rubio y mirando el reloj constantemente, quizás con ansias de hacer lo que tuvieran que hacer lo antes posible. Lo ven espiando y lo miran feo o raro, otras lo ignoran sin más.
Cuando ya llevaba 30 minutos, acaba su primer vodka y un sándwich y pide el segundo, además de unas papas fritas con una salsa que no supo identificar, “déme un porción doble, o mejor dicho, dos porciones en una de papas, es que estoy con hambre” le dijo al sujeto de la barra. Le dieron el vodka, cuando una chica, no más de veintidós o veintitrés años, de pelo negro teñido, muy maquillada, tanto como para pensar que era su mascara, con unos labios muy carnosos y la nariz respingada, le dice “¿puedo sentarme?”.
Él, sorprendido acepta con un leve gesto. Ella pide una copa de vino y se la bebe de un trago, pide otra y mientras se la llenan, ella mira al tipo a su lado, los únicos dos sentados en la barra. La luz omite muchos detalles, más con el humo de los cigarros. El bar cuenta con un piano de cola, esta noche, un hombre de edad, pelo cano, que, probablemente, supera los sesenta años, interpreta melodías que Octavio desconoce.
“¿Por qué no vamos a una mesa a conversar?”. Él acepta en silencio, de hecho no ha hablado desde que ella se acercó. Le llevan las papas y pide otro vodka, mientras ella pide la botella de vino. “¿Te molesta si me emborracho? Tranquilo, no te estoy pidiendo que me lleves a casa, no lo haría tampoco. Tengo dinero para un radio taxi, así que apenas cierren, llamo y listo”.
[Continua...]
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