La ultima oportunidad (Parte 2)
[Editado en 01/05/2016]
Ese día fui a su departamento, lo compartía con una amiga, la que se sorprendió al verme, entonces ella se limitó a decirle que era un amigo.
Marcela y yo trabajamos hasta las siete de la mañana y, modestamente, quedó genial el trabajo, mejor que antes quizás. Ese día, por suerte, no tenía clases, así que al llegar a casa, dormí hasta las cinco de la tarde, luego me bañé y estudié solo por tres horas y volví a dormir. ¡Ah! Por cierto, ella me pidió mi número de celular, así que, no fue tan grande la sorpresa cuando recibí un sms de ella diciendo que se sacó un 6,8 en la maqueta, lo que me alegró.
Esa vez, salvé el examen y los otros cuatro que di. En vacaciones de invierno de ese año, no salí a carretear la primera semana, fue raro, andaba con la cabeza en las nubes. En mis sueños aparecía esta chica morena, de pequeñas orejas y grandes ojos, un mentón puntiaguda, unas paletas que resaltaban más que sus otros dientes, sus manos pequeñas de empanada, que contenían un gran talento.
Eran las dos de la tarde de un martes cuando llamó, mi cuerpo se sintió un poco frío y, mientras hablamos, comencé a caminar de un lado a otro en mi habitación. Ese día consignamos una cita para el otro día y fuimos a beber una cerveza al mismo Manuel Montt donde la vi por primera vez.
Ella llevaba unas pantys de líneas horizontales, negras y moradas; una falda negra, al igual que un chaleco de lana y una corbatilla morada como las pantys; además de unos zapatos escolares con correa. Me dijo que no tomaba mucho, pero que le gustaba la cerveza, sobre todo la negra, que la probó en Valdivia. Fueron más de cinco horas esa vez y hablamos muchas cosas, aunque le oculté mí pasado, digamos, promiscuo. Acordamos más citas y nos vimos mucho en las vacaciones de invierno, incluso al entrar a clases.
Fui cambiando, salí cada vez menos a carretear y pase mucho con ella. A los tres meses comenzamos una relación que al quinto mes se formalizó en pololeo. Con ella me sentía lleno, no pensaba en nadie más, no la engañé y ni siquiera pude mentirle, solo en lo que respectaba a mis muchas aventuras no fui sincero, pero le conté gran parte de estas -un poco transformadas, claro-, para no ser alguien opuesto a lo que realmente era. Pasábamos horas sentados en su pieza, escuchando música, su música, ya que yo no era alguien que escuchase mucha. Sus gustos se hicieron nuestros gustos. Empezó a ayudarme en los estudios y yo a entender la vida. Más de una vez Marcela me dijo que me admiraba, que eso era algo que le gustaba de mí, en fin, que descubrió nuevos mundos conmigo.
Cuando me di cuenta, ya estaba por titularme, habíamos pasado los dos años y algo juntos. En ese tiempo, Marcela empezó a cambiar en varios sentidos, su personalidad maduró… yo… yo no lo tomé como algo malo, ella seguía siendo todo para mí. Un lunes, pasó algo extraño y que terminó siendo un camino lleno de púas. Con un compañero de práctica, estábamos en el taller de Maipú donde nos tocó la práctica. A eso de las seis, ya estaba oscuro y vimos un grupo de seis 'flaites' que venían acercándose, ellos no nos vieron, entonces preferí evitar problemas y le dije a mi compañero “escondamonos detrás de esas ramas, no nos vayan a ‘colgar’”. Lo hicimos y pasaron de largo, después de unos minutos salimos y mientras miraba si estaban cerca, le di un puntapié a, nada menos que, un arma; mi compañero gritó “huevón el bus, vamos” y en un reflejo inexplicable, tomé el revólver y lo guarde en la mochila y corrí. Ese era el ultimo día de practica, solo estábamos retirando papeles que presentamos después al instituto, así que el dueño del arma no la reclamaría.
No tengo una respuesta, pero nunca le dije a Marcela, ni cuando conseguí las seis balas. En el ultimo tiempo, sentí a Marcela lejana, de tres días, empezamos a vernos dos, luego uno y luego cada dos semanas y quizás más. Yo me empecé a sentir mal y me puse muy solitario. Me encerraba en mi habitación y dormía o limpiaba la pistola, incluso aprendí a desarmarla y armarla rápidamente.
Todo se fue como el viento en solo dos semanas… La primera semana, mi padre murió, un paro cardíaco lo fulminó una noche.
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