Noche de carrera sin taxímetro (PARTE 1)

[Editado en 22/02/2016]

Subió al taxi secándose los ojos, el chofer se dio cuenta, pero Pedro era nuevo, había comprado el vehiculo en interminables cuotas que pagó sagradamente todos los meses, pero nadie le enseñó a ser taxista, ya sabes, con eso de ser sicólogos y todo eso.

"¿a dónde señorita?" preguntó, ella lucía de unos veinticinco años, no más. Delgada, pelo castaño oscuro, liso. Unos pendientes muy grandes que, aunque no sé de moda, no parecían hacer juego, pero el hecho de ser oro, era entendible que los quisiera usar un sábado en la noche y más con un vestido largo ceñido al cuerpo.

Ella respiró y dijo “¡vamos, vamos!” con cierto apremio, entonces Pedro acató.
Habían pasado unos tres minutos cuando ella por fin le dijo
“Perdón por entrar así a su auto…la verdad, no tengo un destino al que ir aún ¿le importaría dar unas vueltas? No se preocupe por el dinero, lo tengo de sobra…de hecho es lo único bueno que he sacado de mi matrimonio” al decir esto ultimo, volvió a llorar.

Pedro miraba desde el retrovisor, pensaba para encontrar las palabras correctas, hasta que ella volvió a interrumpir
“¿Podríamos parar en algún lugar? quiero algo para beber” Pedro asintió con la cabeza y se detuvieron en una bencinera que tenía un “24 horas”. Pedro no sabía si dejarla bajar, ir él o ir los dos, entonces ella abrió la puerta y le hizo una señal de “vamos” con la mano.

Ella cogió un paquete de papas fritas, otro de galletas de chocolate, su debilidad, además dos barras de chocolate, uno negro y el otro blanco, además de un par de sixpacks de cervezas artesanales.
-“Tome algo, lo que quiera, yo invito” él no supo que responder, pero tenía sed, así que pensó.

-“bueno, será mi ultima carrera de la noche”, así que cogió una lata de cerveza torobayo, pero luego lo pensó mejor “¿y si me para la policía?” así que hizo el gesto de devolverla, pero ella le detuvo.

-“no se preocupe, llevesela, por ultimo se la bebe después en su casa” dijo con una sonrisa, mientras ordenaba unos hot-dog; entonces él sonrió y se dirigió con su cerveza al refrigerador de las bebidas y sacó una coca-cola zero en lata y se dirigió a la caja donde ella lo esperaba.
Olvidando que era invitado por la mujer, sacó su billetera, pero ella lo detuvo y le dijo
-“Tranquilo, eres mi invitado, yo pago” la sonrisa coqueta lo desconcertó, pero antes de decir nada, ella sacaba dos billetes de 20 mil y canceló todo.

Al volver al auto, Pedro notó que se había olvidado del taxímetro, pero pensó que la cerveza, el hot-dog y la bebida cubrían de sobra lo andado antes, ahora lo activaría cuando ella le dijera donde deseaba ir en definitiva.

Subieron y comieron los hot-dog estacionados en la bomba de bencina. Mientras hacían eso, ella estaba distraída mirando por la ventana, entonces él le habló. 

-“disculpe la interrupción, pero de verdad necesito que me diga donde desea ir”, ella lo miro seria pero no enojada 

-“Me han dicho que los taxistas son los sicólogos del pueblo… ¿Cuánto me cobras por escucharme esta noche?”. Pedro quedó descolocado, no sabía qué responder a eso, lo primero que pensó “¿yo? ¿Paseando a una desconocida toda la noche? ¿Cómo se supone que sepa cuánto cobrar por esto?”. 

Ella pareció ver la cara de confusión de él y dijo: 

-“deja el taxímetro corriendo, puedo pagarte el doble de lo que salga y sino te gusta, puedo bajar y buscarme otro taxi o vagar a pie, tú decides”. Esto más lo sorprendió. 

Pedro creció en una casa en el campo, en Chillan, específicamente en Yungay. Era el único hombre de la casa, era un “guacho”, como le dijeran alguna vez en la escuela, pero nunca se sintió ofendido, tenía tres media hermanas que cuidaron bien de él y él cuidó bien de su hermana menor, que actualmente estudia en Nueva York. 
Entre tanta mujer, aprendió a ser un caballero y por su hermana Lucía, la “gringa” como le decían todos, aprendió a sobre proteger a las mujeres, así que no fue raro que aceptara la propuesta de ella, no por dinero, sino porque sabía lo peligroso y hasta cruel que sería dejarla sola en la ciudad de noche. 

-“Esta bien, la llevo” dijo resignado y sin tener verdaderas ganas de hacerlo Ella sonrió complacida.

[CONTINUA...]

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