El Caballero y el Dragón.
Editado en [29/01/2017]
Sin cavilar demasiado, el guerrero echó a andar; pensó en ir a un pueblo
cercano a ayuda pedir, comida tener y bebida tomar.
[Cuento con intenciones de ser epico. Sí, he leído el Hobbit de Tolkien, pero en ningún caso quise hacer una copia. Gracias! xD]
En uno de sus
viajes, un hidalgo caballero de excelente memoria y bizarro actuar, llegó a una
cueva desconocida y sin historia, que ningún otro hombre antes llegó a pisar.
Era oscura y húmeda, y su curiosidad lo llevó cada vez más adentro, al luces
ver y ruidos extraños escuchar.
En cualquier momento pudo devolverse, pero él, sagaz
caballero, quiso continuar.
De un momento a otro, las luces y el
estrépito pareció callar. Entre dudas y miedos, decidió caminar un poco más. De
repente, luego de un muy pequeño umbral atravesar, con una enorme roca, que
ocupaba gran espacio de la caverna, se vino a encontrar, y en un instante nada
más, un enorme y feroz Dragón ante él se vino a presentar. El caballero, sin
más, corrió, y detrás de la enorme roca se tuvo que resguardar.
- No te asustes –se oyó al Dragón tranquilo hablar– entre
más rápido salgas, más de prisa tu congoja va acabar.
- Muy amable oferta, su majestad –dijo, tembloroso, el
caballero– pero mi vida aprecio y aún no la quiero abandonar.
El Dragón rió y se echó sobre su escamosa panza a descansar.
- Muy bien pequeño rufián, tengo un buen rato para
esperar, mi apetito aún puedo controlar.
El Dragón, enroscando su cola, la dejó caer, justo frente
a la única salida, y dormitó sabiendo que bloqueada estaba cualquier
posibilidad de emprender la huida.
Pero el bizarro caballero era fuerte en verdad, pasaron
dos días y solo con agua, que a su lado fluía, la lucidez mantenía. El Dragón,
impaciente empezó a estar, a ratos humo por su nariz dejó escapar. Cuatro días
y ambos rivales empezaron a flaquear. El caballero era presa del hambre y el frío
y la bestia del hambre y la incomodidad.
Un ratoncillo que descuidado se vino a mostrar, una idea
a la malvada bestia le vino a dar. El Dragón lo atrapó y descueró sin mucha
energía gastar. Con su cola, unas ramas secas vino a acercar y, de un soplido,
encendido el fuego, un ratón sin cuero consiguió asar.
-¡Vamos caballero! –Dijo el Dragón– ven este bocado a
tomar, no te haré daño, solo no quiero que mi presa pierda su vitalidad.
Prometo que te dejaré comer en paz. Luego que comas, la caza volverá a empezar.
- Generosa oferta su majestad, pero, a riesgo de ser
grosero, la voy a rechazar.
La bestia, muy molesta, comenzó a balbucear; el ratón pensó
en comer, mal que mal, la fatiga lo comenzaba a atosigar. Pero su impulso logró
frenar, con la esperanza de que su rival se rindiera y aceptara el bocado
tomar.
Al rato, el olor de la carne asada, como una puñalada en
el estomago del caballero se vino a asestar. Pero, sin desesperar, pensó que en
trampa tan simple no debía reparar. Soportó y horas dejó pasar; tantas que el
Dragón volvió a dormitar.
El caballero empezó a notar, que el sueño de la bestia
más profundo pareció llegar. Una idea arriesgada el caballero decidió ejecutar,
entonces, piedras empezó a buscar. Luego de varias encontrar, su espada de lado
dejó; sigilosamente detrás de la piedra salió, con mucha fuerza las piedras
lanzó –para que detrás del Dragón fueran a caer–, y lo logró. Rápidamente,
detrás de la gran roca se escondió, pero esta vez, listo para correr, esperó.
La gran bestia, que ahora despierta estaba, furiosa y asustada, creyendo que su
presa huyó, su pesado cuerpo en ciento ochenta grados giró. Olfateando con
fuerza lo rastreaba, pero su olor a humano y metal aún en esa cueva estaba.
Mientras la bestia confundida se paralizaba, el caballero raudo se deslizaba y
el ratón asado tomaba.
El Dragón vio al caballero en retirada y entendió todo;
el molesto caballero lo había engañado y ahora su carnada le robaba. Furioso
sus llamas comenzó a lanzar, pero era tarde: el traicionero detrás de la gran
roca ya se encontraba.
La molestia del Dragón ardiendo estaba, así que largo
soplidos de fuego a la gran roca dedicaba; sin embargo, nada pasaba. Después de
un rato, exhausto se mostraba y la roca solo caliente estaba.
De forma inesperada, el caballero en su aventura, doble
recompensa encontraba. Pues ya no solo su hambre saciaba, sino que al calor de
la piedra ahora se abrigaba.
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Una vez su frío y su hambre habían sido calmadas, miró
que el Dragón agitado respiraba. Ahí una opción de escapar, en su mente se dejó
notar. “Hay que evitar que el Dragón se duerma, hasta que muy cansado empiece a
estar, para que más profundo sea el sueño y ahí, con cuidado escapar” ese era
ahora su plan. Pero un dilema apareció: cómo despierto lo mantendría, ya que,
si se acercaba, el caballero moriría. “¿Cómo agotar a este animal? ¿Cómo
solucionaré este acertijo?”. Sin más, en su pregunta la respuesta pudo encontrar.
- Muy bien su majestad –dijo el caballero– le demostré
que soy bizarro y vivaz. Mi inteligencia parece ir más allá de lo que usted
puede imaginar. Pero en fuerza usted me puede derrotar. Pero esperando nada
más, ambos destinados a morir de aburrimiento y hambre estamos. Por lo anterior
he pensado, por qué no matar el tiempo con un juego mi estimado y, en una de
esas, si usted gana, quizás yo sea su bocado.
- Tus palabras me niego a creer maldito enano, apenas te
agarre, serás muerto lento y con cuidado.
- Entiendo su enfado, pero lo que sugiero no es otra cosa
que una forma de pasar el rato sin estar amargados. No es más que un juego de
acertijos, simple y divertido, ¿o es acaso que usted no tiene el ingenio para
ganar el reto que acaba de ser planteado?
- ¡Calla engreído enano! Te derrotaré con los ojos
cerrados y al fin serás mi bocado.
- Muy bien, comencemos, pero una cosa pido, que no
apresuremos con presión la memoria, mal que mal, el tiempo para jugar no nos va
a faltar.
- ¡Como quieras! Peor para ti será, pues en dos siglos he
vivido, miles de acertijos he aprendido. Tiempo me toma recordarlos, pero sin
apuro, los mejores iré preparando.
Y así comenzaron, fue primero el caballero.
-Este dice así: “Soy la redondez del
mundo, sin mí no hay dios. Papas y cardenales sí, pero obispos no”.
Con estrépito el Dragón rió: –Esa es
muy fácil pequeño –dijo– es la letra “O”.
Luego, el Dragón tomó largos minutos para el mejor acertijo
lanzar; así halló uno que, pensó, le permitiría ganar. Entonces comenzó:
- “Un
explorador cayó en manos de una tribu de indígenas; se le planteó la elección de
morir en la hoguera o envenenado. Para ello, el condenado debía pronunciar una
frase tal que, si era cierta, moriría envenenado, y si era falsa, moriría en la
hoguera. ¿Cómo escapó el condenado a su funesta suerte?”.
Para el pesar de la bestia, el caballero solía jugar a los
acertijos con su abuela, una mujer de larga edad que como principal diversión
tenía recopilar e inventar acertijos de buena calidad, así que no fue de
extrañar que esa adivinanza el caballero conociera de sobra. Pero ganar no era
en sí su plan, así que languideció la respuesta, haciendo al Dragón repetir la
interrogación y en largo tiempo, por fin, llegó a contestar.
- Su majestad, luego de mucho pensar, lo más lógico es
contestar “moriré en la hoguera”, si esta frase fuera cierta, debería morir
envenenado, pero de ser así, ya sería falsa, entonces al ser falsa pasaría a
morir en la hoguera, por ende debería morir envenenado. Entonces, sin resolución
posible, debería ser liberado.
De ahí en más, la lucha lenta fue y cada vez más. A veces,
la bestia estaba a punto de dormitar, pero el caballero le gritaba para hacerlo
despertar.
La fatiga al Dragón poco a poco logró abrazar hasta que,
después de mediodía, la bestia no pudo más. Sus ojos se cerraron sin notar que
el último acertijo, el caballero llegó a fallar. El bizarro guerrero gritó y
gritó dos veces más, pero la bestia roncaba sin parar.
“Esta es mi oportunidad, ahora o nunca, debo correr con sigilo,
pero sin parar”. Entonces, se despojó de la armadura; solo con sus botas, sus
ropas, su cota de malla y la espada sostenida de la empuñadura, permaneció. En
silencio, cerca de la bestia pasó, y al alejarse del humeante hocico el pasó
aceleró. Cuando se empezaba a alegrar, el caballero vio frente a él un descuido
que podría ser calamidad. La cola del reptil bloqueaba la salida; sin tocarla
no podría emprender la huida.
Luego de meditarlo un instante lo decidió, iba a mover la
cola rápido y se desplazaría veloz. Si se alcanzaba a alejar, mientras la
bestia espabilaba y su pesado cuerpo intentaba girar, las posibilidades de no
morir quemado se volverían realidad. Así, sin un minuto desperdiciar, con sumo
cuidado, la pesada espada y la cota de malla se dispuso en el suelo abandonar.
Una vez que ligero pudo estar, trató de ser suave y con cuidado la cola
levantar. Grata sorpresa fue para él en verdad, poder mover la cola sin ver al
Dragón despertar. No obstante, cuando la cola debió en el suelo depositar, la
bestia un gruñido dejó escapar, asustando al caballero, quien soltó la cola con
brusquedad. El Dragón sus ojos abrió y de inmediato su cuerpo activó.
La carrera del caballero frenética fue, el Dragón
endemoniado le comenzaba a pisar los pies. Con el alma el caballero comenzó a
acelerar, logrando alejar las llamas que casi lo lograron tocar. Muy lejana
pareció la salida estar, pero el caballero, quizás por instinto, quizás por
habilidad, el camino a la salida logro alcanzar con relativa facilidad. Cuando
por fin vio la salida iluminada, sus fuerzas se recargaron y corrió cada vez
más rápido, sin detenerse por nada.
Al fin estaba fuera. De la cueva pasó al bosque, pero no
a mucho andar algo le inquietaba. Por primera vez, hacia atrás miraba y de su
perseguidor y rival, no había nada. Se detuvo, cuidadoso, devolvió el camino,
hasta que, detrás de un árbol, observó la cueva y ahí estaba su enemigo. No lo
vislumbró con claridad, pero creyó ver los llameantes ojos del animal. Luego la
humareda se hizo más real. En efecto el animal, de la cueva no salió y gracias
a eso el caballero logró escapar.
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