Fría noche sobre la cama


[Editado en 19/09/2016]

En este mismo instante está lloviendo y me muero de frío –vapor sale por la boca-, pero bueno, el verano acaba de terminar y la verdad es que ya estaba cansado del sol, aunque seguramente luego me cansaré del frío.
22:15 hrs., miro la cortina azul y no me animo a moverme de mi cama para mirar la lluvia, que brilla con la luz de la calle muerta y que solo camiones se atreven a irrumpir en el equilibrio perfecto de lluvia y suelo.
Estoy con las rodillas casi en mi cara. Me siento incomodo, no me gusta estar en silencio, necesito tener música en mis oídos, pero mi MP4 se quedó sin baterías y el micro-componente está malo. Pienso en el por qué de mi agobio hacia el silencio… “debe ser porque oigo mis pensamientos”, digo murmullando, como si fuese a despertar a alguien, pero en realidad estoy solo como de costumbre.

En la cabecera de la cama veo el brillar de unos ojos. Es un oso de peluche, un poco más grande que la palma de mi mano. Lo encontré mientras buscaba papeles que debo leer para el examen que llega en unos días. Creí que ya no tenía ese olor, pero ahora en el silencio y en la oscuridad, con mis sentidos más activos que en el día, huelo tú colonia. Esa que las primeras semanas me parecía tan empalagosa, porque nunca me gustaron los perfumes… pero antes de darme cuenta, aprendí a reconocerlo, al tomar la E04* en las mañanas, incluso volteo con la esperanza de que seas tú… pero no, es una señora o alguna joven –y ahí me cuestiono que tan cuerdo estoy.
Me hecho la frazada encima, no sé porqué, pero no me quiero dormir –no quiero pensar que lo que me lo impide es el temor a encontrarme en sueños contigo. Las gotas de lluvia empiezan a caer con mucha fuerza y así me olvido del silencio.

Miro la hora en el móvil, 23.56 hrs., y ya no sé en qué pensar. Me acuerdo de la imagen de una paloma que se posó frente a mí en el andén del metro y mis ideas se van recordando los ojos del pajarraco.
De repente, un sonido me saca de mi trance. El celular, alguien llama… un número desconocido, un código extenso que apenas logro descifrar. Lo miro en silencio y mis ojos se humedecen mientras se detiene. Después de unos minutos, en que mi mente ha pensado un millón de cosas en décimas de segundo, vuelve a sonar y vibrar. Es el mismo remitente… entonces, ya caen algunas lágrimas y solo pienso… “podrías ser tú la que llama…”.
Dejo sonar el teléfono hasta que la persona que llama desiste. Yo, con los ojos humedecidos, me duermo a pesar del frío.

*recorrido de autobús.

Comentarios

Soraya De Paz dijo…
Taro, esta historia me ha conmovido mucho, es muy emotiva y has plasmado de nuevo sentimientos profundos, en serio, está demasiado genial. Eres fantástico, todas tus historias son estupendas. Las voy a echar de menos en estos 12 días. Te quiero mucho, y gracias por entrar en mi blog, me encanta escribir, pero cada vez que te recuerdo, a ti, las conversaciones y demás, ahí es cuándo me inspiro de verdad. =) Te quiero mucho paputxi ! n_n

Entradas más populares de este blog

Un contrato (segunda parte, final)

El Caballero y el Dragón.

tomando palabras sueltas de canciones, más imaginación, resulta...