El guitarrista flautista.
En una sociedad de primates, él guitarreaba con desenfreno,
con desespero,
con esmero
y en enero.
Se miraba las manos al parar cada canción y no se conformaba, quería verlas amordazadas,
ensangrentadas,
manchadas como las de Víctor Jara.
No lo consiguió, porque su justicia no era tan pura…
ni tan injusta,
porque todo se ajusta
al que pregunta
qué quiere la marabunta
y, nosotros la marabunta, así, en silencio,
nos gusta.
Después, vio una inocente marcha de escolares,
no eran profesionales
y TVN los tildó de inmorales,
el presidente, luego de beber su Miguel Torres,
los llamó animales.
Pero el guitarrista ya no guitarreaba,
sino que soplaba una linda ocarina con forma de flauta;
la llamaba Francia en honor a su amada,
que se llamaba Esmeralda, gordita simpática que comía pancitos,
que no conocía París y su sueño era comerse un baguette lleno de mermelada.
Murió, ella, sentida de dolor de guata,
el hígado le explotó después del terremoto y el vino
y el tocino que combinó en la ramada de don Aladino.
Ese, que fuera dueño de camiones,
que el guitarrista conocía como don gato,
por su vino amado que de agosto en agosto lo dejase tirado
cantando en un banco, cerca del kiosco de don Pancracio.
Así, el guitarrista que no es guitarrista sino flautista,
se sentó en una orilla,
sin comida y vio su vida
irse lento, muy lento, como beso de quinceañera
sin sentimiento
y al final
sin aliento, con el helado cuello,
murió sin consuelo, tirado en el suelo.
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