Un contrato (segunda parte, final)

[Editado, y modificado un poco, el 20/01/2016]


[...]

Al final, le dije que yo terminaba el trabajo, cosa que hice en mi casa y casi no dormí por ello. Al otro día ella apareció tan sonriente como siempre, actuaba casi de la misma manera que todos los días, salvo conmigo. 

Casi sentí que me evitaba, no sé por qué. Pero tampoco hice el esfuerzo por acercarme, nunca lo hago, siempre me quedo en mí puesto, mirando hacia fuera. La ciudad se ve mucho mejor desde el banco de clases. 

En el segundo descanso, salí de la sala y me quedé de pie en el segundo piso del primer patio de la escuela, mirando a todos jugar o conversar. Ximena estaba con dos niñas de otro curso conversando en la banca que da al costado de la cancha, junto a las ligustrinas que cuidan del pasto y las flores que están cerca de rectoría. 

Esta banca se encontraba bajo un guindo que llevaba ahí casi tantos años como el mismo colegio. El guindo estaba en flor, así que las flores blancas le daban un toque de relajo al ambiente, junto con la constante brisa que hay en el colegio. 

Empecé a mirar detenidamente a Ximena. Nunca la había mirado por tanto rato, ni tampoco tan atento. Ella me pareció diferente. Sus pómulos eran rellenitos, pero no excesivos; usaba el pelo liso, hace algún tiempo empezó a traer una partidura en medio y se deshizo la chasquilla que traía hace un buen tiempo ya. Siempre me he fijado en su cabello, o por lo menos de eso me di cuenta ahora. El día que estuve en su casa, su cabello tenía un olor muy agradable, como cítrico. Siempre traía el corbatín, ordenado, impecable, yo siempre lo olvidaba en casa. Era la más alta de las chicas sentadas en el banco, también la más morena. Su delgadez no era exagerada, pero no se le podía llamar "rellenita". Si bien su cara siempre llamó mi atención, sobre todo sus ojos café que siempre brillaban, fuera de día o de noche. Ella no era exuberante, de marcada silueta y grandes senos, no, pero era armónica, todo calzaba en su justo lugar y medida. 

El timbre me hizo despertar, fue tal mi trance que no note cuando se fueron de la banca, ni mucho menos cuando ella estaba a mi lado preguntándome en que pensaba. Me dijo que traía fideos con salsa, yo sonreí y dije: "bien". De ahí en más, estuve callado el resto de la mañana, a la hora de almuerzo ninguno dijo nada, ni en la sala. A la salida, yo me preparaba para volver a casa, cuando Ximena me detuvo y me preguntó si estaba bien o pasaba algo, yo negué con la cabeza y continué mi camino. 

 En los días posteriores seguí igual de distante, ni yo me explicaba el por qué, incluso evite juntarme con ella para trabajos, preferí hacerlos solo, diciéndole que debía ayudar a mi abuelo o que debía hacer cosas para mi madre, que en ese entonces se estaba cambiando a un departamento junto a su pareja. 

A la semana siguiente, todo empeoró, ella también me evitaba a mí, incluso dejamos de almorzar, y ya se acercaban las pruebas finales y la salida del colegio y nosotros dejamos de hablar. Volví a un ostracismo mayor que el de antes, solo escuchando música y sin poner atención en clase. De verdad empecé a odiar aún más la escuela. Pasaron tres semanas, recibí un rojo en la prueba final de matemáticas, lo que me dejaba repitiendo el curso, así que la profesora me dio la oportunidad de subir la nota con otra prueba. Hubiese tenido el mismo resultado sino fuera porque Ximena me habló. Me preguntó que pasaba, pero no conmigo, sino que con nosotros; me sorprendí. No me esperaba una pregunta así. Pasé años solo, no quería perder a nadie más, no quería culparme de otro sufrimiento, quería ser fuerte y no tener que depender de nadie, porque si lo hacía y ese alguien desaparecía, se alejaba de mí, quedaría tan derruido como antes. Por eso, ese día, le mentí. 

- Lo que pasa, es que ya no quiero verte, quiero estar solo, estaba bien así, tú solo llegaste a crearme problemas, ya tengo suficientes, no quiero uno más. 

Sus ojos se abrieron, estaba inexpresiva, solo miraba hacía el lado, como procesando lo que había dicho, entonces respondió, 

-Está bien, sino quieres verme más, me alejaré, porque no quiero hacerte ningún mal, a ti menos que a nadie, pero -abrió su bolso y sacó su cuaderno de matemáticas- quiero que estudies de él, lo estuve resumiendo todo, poniendo ejemplos y arme un formulario para ayudarte, lo hice pensando en que estudiaríamos juntos para los exámenes, pero bueno... úsalos, si sacas la nota que necesitas, me lo devuelves y te dejo en paz. 

Antes de poder responder, se dio la vuelta y se fue. Mirando el cuaderno, pensé en que tanto odiaba la escuela, que debía esforzarme para salir de ella, así que estuve tres días estudiando, el viernes rendí la prueba, la que aprobé con un 6.1, la profesora me tenía estima, así que, a escondidas, me dejó el 6.1 como nota definitiva, ignorando la anterior prueba, claro que eso quedó entre los dos. 

Ese día, Ximena no fue al colegio, así que decidí que el sábado iría a devolverlo. A la salida de la escuela, el portero me dijo. 

-"Ese señor quiere hablar contigo". 

Un hombre cano, pero no se veía mayor de cuarenta. Me saludo amablemente y me dijo que era el padre de Ximena y que sobre ella necesitaba hablarme. Comenzó diciendo.

-"No sé que tienen ustedes dos, pero si sé que es importante, por lo menos para la Xime lo es. Siempre me ha hablado de ti, con mucha alegría, te admira mucho. Según sé, tú haz sufrido mucho" -yo me mantenía impertérrito. 
"Bueno -continuó al no ver reacción- Xime también ha sufrido, como debes saber, su madre murió cuando era muy niña, por la muerte de nuestra hija Anna, ¿sabías eso verdad?" -yo respondí que sí- "Bueno, pero no te dijo como murió su hermana ¿no?" - eso me sorprendió, no lo había pensado, era verdad, nunca lo dijo. 
"Su hermana se ahogó mientras dormía y la Xime se culpa de su muerte." Estas palabras me desconcertaron, 

-"¿Por qué, por qué Ximena se culpa?", pregunté. 

-"La madre de Ximena -prosiguió-, ese día, tenía una fuerte jaqueca, así que le pidió que vigilase a su hermana, mientras tomaba una siesta para reponerse. Ella era muy niña y descuidó el encargo, se puso a jugar con su columpio que había en el patio, ella solo oyó a su madre gritar, la bebe estaba muerta. Ella repetía en el funeral que ella la había matado, esto me chocaba, pero cometí el error de no prestarle suficiente atención y enfocarme más en su madre. Al final, Ximena parece ser normal, feliz, pero sé que algo hay ahí, aunque no me lo diga". Entonces el padre de Ximena puso su mano en mi hombro. 
"No quiero que me mal interpretes, no te estoy dando la responsabilidad de salvar su alma y complacerla, no; solo creo que juntos pueden apoyarse, creo que ambos se necesitan, sé que es tú única amiga en la escuela, por eso no creo que debas dejarla sola, porque también te quedas solo tú..."
   
Las palabras de este señor, calaron muy profundo en mí. Podía verme en un espejo y caer marchito, ver como en soledad mí desesperanza crecería y me devoraría, en ese espejo vi a mí padre, vi a la madre de Ximena y entendí que no quería eso, que si iba a sufrir, que fuera por haberme arriesgado y no por vivir arrepentido. 

El día sábado, fui a su casa. Me abrió su padre, no alcancé a decir "hola" y él dijo: "esta en su habitación, sube". Así lo hice. Al acercarme a la puerta, pude oír sollozos, golpee y antes de esperar respuesta, entré. Ella estaba sobre la cama, despeinada, cansada tanto llanto. Al entrar y decir permiso, ella volteó rápidamente, su cara estaba llena de sorpresa. A pesar de tener los ojos húmedos, no podía ver el brillo de antes. 

"Qué haces aquí" dijo con voz muy ronca "si traes el cuaderno, déjalo ahí y vete". Yo mire por la ventana, estaba despejado. 

-"Lo siento, me he olvidado del cuaderno -ella se sorprendió-, lo traeré en otra ocasión. Hoy he venido por algo más importante, por lo más importante para mí... he venido por ti. Ella estaba sorprendida, no sabía como reaccionar, así que continué.
"Tú sabes por lo que he pasado, pues... lo que he pasado me ha hecho temer a la gente, a huir del dolor...pero eso también me ha hecho huir de la felicidad... me ha hecho huir de ti. Sé que lo que dije en el colegio estaba mal, tuve miedo de mostrarme real ante ti, ser yo y que me dañases, lo que es muy egoísta... pero no, no había entendido que el dolor, el miedo, la alegría y el amor, son hermanos, que siempre están ahí, unidos, complementándose, haciéndonos quienes somos y mostrándonos quien es el que debe seguir nuestro camino, juntar dos caminos y hacer uno...
"Por eso, quiero decirte que... ¡te amo! -ella abrió los ojos igual que el día en que me entregó el cuaderno. Me acerque a ella, a su cama, me puse de rodillas en el suelo de su habitación, para quedar a su altura, a la altura de su cuerpo recostado y continué hablando- durante cuatro años he estado observándote, hace tres te acercaste a mí y me hiciste creer en algo, amar algo. Ximena, yo te necesito, quiero vivir, quiero dejar de negarme a ser feliz... entonces, ¿quieres estar conmigo?-finalice.

El silencio era casi rotundo, solo lo interrumpían los sollozos de ella, que me miraba fijo, se acercó a mí lentamente -mí corazón a mil kilómetros por hora- y dijo: Sí. 

Ese día, el contrato se selló con un beso.

Comentarios

Anónimo dijo…
la AME :3 <333 asi mucho , mi historia favorita *-* !
Anónimo dijo…
esta historia me identifico en muxos aspectos
gracias por escribir esto

me di un golpe en la pared ...xD .... no en serio

Entradas más populares de este blog

El Caballero y el Dragón.

tomando palabras sueltas de canciones, más imaginación, resulta...