En otro lugar
Todo ocurrió un día frío de primavera. Esa mañana,
justo la que eligió como un día de descanso y distracción, estaba nublado y
frío. No le importó de todos modos. Lo realmente importante era que tendría
tiempo para sí mismo, para dibujar, ver una película o tomar un café.
Siempre que se daba días de descanso como este, lo
hacía lejos del lugar donde vivía, así nadie lo reconocería y le daría la lata:
"cómo va la vida" o "y cuándo te veo". Nada de eso. Podría
ser él y dibujar árboles, piletas o lo que viere.
Llegó al parque a eso de las diez de la mañana,
después de pasar a desayunar y caminar unos treinta o cuarenta minutos.
Mientras avanzaba, pudo ver a una pareja que tocaba guitarra muy divertidos y
pensó dibujarlos, pero luego de detenerse a reflexionar en lo invasivo que eso
sería, desistió y siguió andando.
Sin darse cuenta, caminó hasta los
límites del parque. Al no encontrar otra inspiración, decidió sentarse en una
banca y comenzó a dibujar los árboles que lo rodeaban, sin embargo, le
parecieron muy comunes, así que desistió. Cambiando su objetivo, fijó la vista
en la banca que se encontraba frente a él, a unos doce o trece pasos –quizás
más. Era de madera y metal, pero el metal forjado parecía más antiguo de lo
que uno pudiera pensar, lo que hizo que se decidiera a dibujarla. Hizo dos o
tres bosquejos: realista, con sombras, sin muchas sombras…
En eso estaba, cuando algo
interrumpió su concentración. Una mujer, de no más de veinticinco años se sentó
en la banca que él estaba dibujando. De
repente, la atmósfera del lugar cambió. El aire se sintió con más fuerza, más
denso y más tibio.
Por un segundo, el tiempo pareció
detenerse; el viento tibio del inicio, dejó de existir. Él se centró en su
cabello cobrizo oscuro, su pequeña boca, su cuello formado, sus pechos que si
bien no eran melones, estaban cerca de serlo; su delgadez de revista que,
seguramente, era la culpable de que los pechos resaltaran… Pero lo más
impactante, fueron sus ojos. Estos no transmitían nada, eran fríos, potentes,
resueltos, como si tuviera todo claro en la vida y no tuviese nada más que
hacer que tomar un descanso en la banca de una plaza, leyendo “Factótum” de
Bukowski.
El tiempo se reactivó cuando,
repentinamente, la mujer levantó la vista que, hasta ese momento, se centraba
en el libro y miró hacia él.
Confundido, quizás un poco
asustado, solo reaccionó para entregarle una sonrisa amigable. Ella, por su
parte, le devolvió una de iguales características y volvió a sumergirse en el
mundo del borracho cartero, creado por Charles.
Lentamente, volvió su atención a la
croquera. Esta vez de su estuche sacó carbón vegetal para dibujo y se dio a la
tarea de dibujar la banca, tratando de remover a la chica de ese cuadro, pero
le fue imposible. Antes de darse cuenta ella lucía sentada con un libro y el
dibujar la silueta de la joven fue más fácil de lo que creyó. Luego, fue
agregando detalles, sin levantar la cabeza de la croquera. No es que tuviera
una gran memoria, empero la imagen de la joven se grabó en su mente con una
inexplicable rapidez.
Se detuvo para ver qué había
dibujado. Algo le parecía extraño, algo le parecía irreal, pero no tuvo tiempo
de indagar en estas ideas porque, sin que se diera cuenta, la chica apareció a
su lado, muy concentrada en el dibujo con carbones.
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Él temió por la reacción de la
joven y no encontraba palabras para justificarse; la miraba aturdido, con los
ojos muy abiertos. Entonces pensó “¡Diablos! Algo tengo que decir…”.
- ¡Como lo pensé! Estabas dibujándome, ¿no? - Dijo
ella antes de que él pudiera abrir la boca.
- Sí, lo siento, me atrapaste… pero no pienses
mal, no soy algún tipo de pervertido o algo así… So-solo pensé en que tú y la
banca se veían bien como conjunto… - Tartamudeó él, aún sorprendido.
- ¡Tranquilo! No hay nada malo en que me
dibujes… Lo haces muy bien, por cierto. Además en el dibujo traigo ropa, así
que no creo que me deba asustar.
Ambos comenzaron a sonreír. Ella le
pidió ver su croquera y él accedió. Compartiendo banca, conversaron sobre los
dibujos que contenía la croquera. La tenía desde los dieciocho años, más o
menos, y solía dibujar en ocasiones específicas, así que había rendido bien.
Notó ella que él había mejorado de
forma progresiva, con el paso del tiempo. Los dibujos traían fecha, por lo que
pudo apreciar cómo su trabajo con las sombras se iba perfeccionando; también
notó que sus trazos se afirmaron, haciéndose más seguros.
- Yo solía pintar también –comentó la joven.
Le contó que lo suyo era el pincel,
pero que el trabajo y una tendinitis la habían terminado alejando.
Luego de que el tema de los dibujos
acabara, comenzó el de quién era quién, sus deseos, sus sueños… hasta tonterías
que no pensaron jamás estar contándole a alguien.
Al fin él salió del letargo e
invitó a Vanessa –el nombre que ella le había dado– a comer algo, ya que el
tiempo voló y sus estómagos les recordaron que debían seguir viviendo.
Comieron en un café pequeño. Él
pidió un Barros Luco[1] y un café –era su comida preferida
en los días de descanso. Ella, pidió un lomo italiano[2] y una Coca-Cola.
Conversaron que esta era la mejor
época del año, porque había mucho viento; los días no eran calurosos o, al
menos, algunos días eran fríos. De cuánto odiaban la gente que corría a robar
asientos en el metro, de la política y su corrupción, incluso ella le explicó a
él algo de teoría política, un tema que él ignoraba – y que, siendo honestos, olvidó
de inmediato–.
Sin darse cuenta, pasaron más de
cinco horas los dos juntos. El sol se había vuelto más rojo ylos dos jóvenes caminaban
con nubes teñidas, un poco de naranjo, un poco de rosa, sobre sus cabezas. Ella
lo miraba constantemente, casi como admirada o, quizás, enamorada.
A eso de las ocho de la noche,
tuvieron un primer beso. Apasionado, desenfrenado y sin temor. Como una pareja
que lleva cuatro o cinco años juntos, se entregaron ciegamente el uno al otro.
Bueno, debo corregir, no tan ciegamente.
Para él, a ratos, el mundo era
extraño.Varias veces se preguntó si todo esto estaba ocurriendo realmente. “Por
qué ahora, por qué así”, se cuestionó. Pero no dejó pasar la oportunidad y
continuó en ello. El mundo era mejor, pero diferente. El aire cálido, pero no
sofocante, los olores claros y agradables; incluso, la gente se veía más feliz
y amigable.
- No vayas a pensar que estoy loca, pero… ¿por
qué no vamos a un lugar más cómodo? –dijo ella en un momento de silencio. Él,
algo dubitativo aceptó.
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A eso de las ocho llegaron a su
departamento. Lucía algo extraño, le pareció más oscuro, como abandonado, lo
que era extraño, porque él solía ser muy ordenado.
Bebieron unas cervezas artesanales
que él tenía. En su casa no faltaba las cervezas de buena calidad; era un gusto
que se había dado desde que comenzó a vivir solo en la capital, ya que sus
padres en el campo, no gustaban del alcohol y no dejarían que su único hijo
tomara ese camino de vicio.
Fue todo repentino, pero lento. La
joven, sentada a su lado, se acercó lentamente, pero sin detenerse. Puso sus
labios en la mejilla de él y comenzó a descender de forma pausada. Al ritmo de
“Standby”, Jasmine Rodgers fue empujándolos.
Nunca antes había recibido sexo oral
en sus veintiséis años. Fue una sensación maravillosa; el “felatio” entró en su
diccionario. Luego, él la tomó, imitándola, desde el cuello hacia abajo. Trató
de estimular hasta el último centímetro de lo que, pensó, era los lugares que
harían desbordar la pasión de ella. Y no se equivocó.
No contó las horas, olvidó todo a
su alrededor. Solo vio fuegos artificiales y despertó.
Estaba solo en su cama, en su piso.
Lucía normal, todo en su lugar. El cuadro de Lennon seguía ahí. Su cocina no
parecía haber sido usada la noche anterior y, lo más extraño, la cerveza estaba
intacta, como si ninguna hubiese sido tocada. Lo único que se vio diferente,
fue una botella de jugo, que él no recordaba haber bebido, pero que ahora
estaba casi vacía.
Luego de ducharse, pensó en Vanessa
y en el hecho de que nunca antes había tenido una noche así. Al instante
recordó que había sido un estúpido: no tenía el número telefónico ni su nombre
completo para buscarla en redes sociales. Optó por ir al mismo parque.
Al salir, notó que hacía mucho
frio, que el viento calaba hondo en él.
El parque lucía vacío, nadie
guitarreaba, patinaba, ni nada. Se sentó en el mismo lugar del día anterior,
pero frente a él, ahora no existía la vieja banca que dibujara de forma
reiterada y detallada. Pensó en que se había vuelto loco. Sacó su croquera para
revisar lo que había realizado.
Grande fue su sorpresa al encontrar
hojas en blanco; no había nada de lo dibujado el día anterior. Un sudor frío
recorrió su frente, su cuerpo sintió una extraña comezón muy desagradable.
Revisó sus implementos de dibujo y estos no parecían haber sido usados –lo que
no era raro, ya que solo dibujaba con ellos en vacaciones–.
Empezó a mirar a su alrededor. En
ese parque era invierno y él ya no era el mismo, pero no terminaba de
convencerse.
Fue entonces cuando Vanessa llegó.
Algo andaba mal. Su pelo era rosa o similar, solo traía unosjeans
gastados y un suéter. Luego de tomar asiento, sacó un celular y comenzó a
escribir rápidamente con sus pulgares.
- No es ella – dijo tajante, en voz alta.
La joven, al parecer lo escuchó,
porque levantó sus ojos del teléfono y lo miró. No sonrió, ni siquiera expresó algún
desprecio, solo bajó la mirada y siguió escribiendo. Cuando ella soltó una risa
cómplice observando el teléfono celular, él decidió retirarse del parque.
Definitivamente, ese lugar ya no era grato para él.
[1]“Barros
Luco”: Sándwich nombrado en honor a un presidente chileno que solía pedir un pan con churrasco cocinado a la plancha, acompañado de queso derretido en la misma plancha.
[2]“Italiano”:
Denominación que se les da a los sándwiches y comidas que llevan palta
(aguacate) y tomate, ejemplo más común, es un hot-dog con estos ingredientes, en Chile recibe el nombre de
italiano.
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