Una confusión hecha fútbol.
Después
de tanto despertar, solo quisiera volver a dormir. Fue
otra noche en que él vino y supo hacerme algún amague, un par de gambetas y caí
en sus brazos.
Este
vaivén que haces conmigo ¿qué ganas enamorándome y no aceptando lo que sientes? El reproche
que repito en mi cabeza y no me deja concentrarme en ti. Este juego es muy difícil,
tú paseas a mi defensa y yo, pierdo cada posibilidad a bocajarro de dejarte
atrás.
Sé que eres débil, que no
eres malo, que no es un picinazo, que no haces esto para jugar y sentirte más importante, al
contrario, es tu temor infundado que me hace ver como la gata que juega con el
indefenso ratón. A veces ¿sabes? Me imagino en un lugar diferente, una ciudad
diferente. En los bloques de un callejón oscuro,
se levanta un viento frío que no me hace daño.
Pero
al pensarlo y tomar de la mano lo que me haces sentir y lo que soy, no hay otro
callejón más pequeño frente a mí. Entras en plancha, sin
ninguna precaución, sin miedo a represaría u amonestación. Para mí es tu juego,
para ti un laberinto del que no puedes salir.
A veces pienso el dejarte
lejos, pegarme un pique, sacarme tus dudas, tu panza cervecera y tus prejuicios
hacia mis amigos, hacer que todos solo alcancen a ver mi número en la espalda y
nada más que el dorsal alejándose de ellos.
Pero no puedo, me haces
bien, aunque escucho que en tu blog gritas “¿Por
qué demonios no dejas de jugar conmigo y simplemente me dejas o tomarte y beber
de ti o largarte y dejarme caer en pedazos? He sido pedazos tantas veces que ya
me sé las piezas de memoria”.
Debes pensar que soy egoísta,
que solo veo el arco frente a mí y tú eres solo el defensa que por error dio el
pase atrás, habilitándome para marcar un gol. Pero no es eso, solo estoy
confundida, como ese inexperto lateral que ante la presión pensó “¿y ahora qué
hago con esto redondo y blanco que tengo en mis pies?”.
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