Un lugar...un café [completa]

[El siguiente cuento, fue iniciado el 2008, corregido el 2012 y termina hoy, 15/03/2014. Si desean ver la versión inconclusa del 2012, se las dejo: versión 2012 Y ahora, dejo con ustedes la versión definitiva, espero les guste:]


Veintiún años, caminaba y nada había cambiado. Eso pensaba en ese momento, por lo menos. Ella no creía en nada, dioses y hombres, para ella ambos eran cosas que no le importaban.

¿Un concepto de felicidad? La verdad es que no tenía. Solo se había dedicado a vivir... estudió, en ese tiempo de escolar creyó tener amigas, pero fue traicionada; creyó amar, pero nunca estuvo segura de haberlo logrado...
Solo buscaba seguir, siempre preguntándose para qué, pero no se detenía a pesar de su duda...
Cada tarde de martes, se sentaba en ese café, ese que estaba frente del monumento... silencioso lugar, ideal para leer, un entorno bellísimo que no parecía ser parte de esta gran urbe; que no parecía ser parte de los millones que aquí sobrevivimos. Por ella, hubiese muerto hace años, solo el conocer ese lugar, donde se quedaba en paz escuchando los autos muy lejanos, las aves vigilantes y el agua de la pileta donde estaba el monumento, era todo lo que necesitaba... o eso sentía por ahora, por que no podía negar que a veces la soledad la aprisionaba… deseaba ser abrazada de forma sincera, sin miedos, en una entrega total y calida... pero sabía que era difícil. Se sentía traicionada y resentida aún, por eso, solo leía y viajaba a mundos sin igual, mundos de joyas hermosas, dragones, misterios… mundos diversos.
Además de entender lo humano y de dudar de lo divino. Era su vida, todos queremos escapar de la realidad, pero ella más que nadie, o eso creía…

Él, era un hombre de treinta y tres años… caminaba dudando de todo. Era un niño envuelto en deberes. Siempre debió cumplir un horario, siempre ser el más serio de los tres hermanos. Tragaba con rabia la vieja costumbre de tener que siempre sonreír.
Era un gran mentiroso. Cualquiera que lo viese, pensaría que su vida estaba resuelta, que dejó de jugar hace siglos y que solo lo tangibles era la meta a alcanzar. Pero él no era nada de eso. Hubiese deseado poder llorar con escenas melosas, tocar o la batería o la guitarra; quizás pintar un cuadro; ser un perro en la vereda y dormir sin temer ser por el mundo devorado. El camino que tomó, lo agobia, no ve su vida acabada ahí… pero no sabe dónde ve su vida acabar. En el fondo, podía ser realmente paciente, pero con quien hiciera méritos para que él lo o la aceptará. Tenía solo un par de amigos, pero no podría afirmarte que lo conocían realmente.
Amó un par de veces, pero en ninguna pudo entregarse por completo, en su mente existía una jaula teñida de temores. “Tan solo si algo lograse sostener mi espalda ante la cuesta y tan solo al final de esa cuesta hubiese algo”, pensamientos como estos eran recurrentes.  

Un día, creyó encontrar un atajo, mal que mal era un lugar que recorría casi toda la semana. Mas, no fue así, se perdió en una calle de adoquines y edificios de corte europeo. Extrañado, mirando al entorno, casi cae de espaldas a una pileta. Luego de evitar la caída vio un café frente a esta. El negocio aquel solo llevaba ese nombre “CAFÉ”. Sin pensarlo, se acerca y entra.

En el café hay blues. Él ama el blues. Ella comenzó a apreciar la música de ese lugar hace tiempo. Él escucha la música y entra, por primera vez. Se sienta, el garzón se acerca a la mesa y le entrega la carta, la mira detenidamente y escoge el macacino blanco y un sobre valorado pastel de yogurt.
De fondo Art Blakey terminaba de hacer su magia en las percusiones para darle paso a Stevie Ray Vaughan y su afilada guitarra.
Él estaba feliz, sacó su libro de Jodorosky, lo miró con recelo y lo comenzó a leer. A él nunca le llamó la atención Alejandro Jodorosky, pero fue el único libro a mano en el momento.
Ella, absorta en El Túnel de Ernesto Sábato, libro que leyó a los catorce y que quiso rememorar, no notó a nadie llegar, solo sentía la música sonar en la lejanía. Antes, solía leer en el silencio, pero ahora se había acostumbrado a la música en su lectura, hasta la amenizaba.
A veces, el blues cesaba y comenzaban a sonar The Beatles, según dicen, era la única cosa no-blues que el dueño dejaba sonar en su café. Fue en los sonidos de Across the Universe lo único que los separó de su lectura. Para él, fue más fácil, ya que el libro no lo atrapaba… Para ella también fue fácil, pero gracias a que Across the Universe era su tema favorita de The Beatles.      
En un primer momento, ambos miraron en dirección a los parlantes más cercanos, no dándose cuenta que estaban uno frente al otro. Pero el magnetismo del parlante los soltó y, a pesar de estar uno frente al otro hace más de quince minutos, recién lograron encontrarse. Se miraron fijamente, ambos hicieron el siguiente proceso de reconocimiento:
Miraron sus manos que sostenían el libro, leyeron el título y autor que lograron ver en el libro del otro; luego miraron lentamente los brazos que sostenía la obra; luego el pecho del incognito lector (ella se detuvo en su corbata con símbolos japoneses o chinos; el en sus… bueno, ya sabes); siguieron subiendo casi al unísono hasta ver los labios de cada uno (la boca de él, tenía unos generosos labios muy bien hechos; ella no tenía carnosos labios, pero sí una linda boca o al menos eso pensó él); ella miró sus pómulos y nariz, sintiendo que sus propias mejillas se hacían rojas al notar que ese desconocido le pareció atractivo; él pensó “su nariz es poco respingada y me gusta”; y, finalmente, la última parada de ambos fue los ojos del otro. Él y sus ojos café claro, casi pardos, destellantes de un brillo atrayente como canto de sirena; ella y sus ojos negros profundos como un lago de aguas negras que te invitaba a caer en ellos y no mover un músculo y caer más y más profundo. Creyeron que el tiempo se detuvo ahí. Pero no era así.

Al comenzar la segunda canción de The Beatles de esta situación, Oh! Darling, ambos volvieron en sí, entendieron el tipo de canción que sonaba, miraron a los altavoces como para reclamarles o algo así, luego él giró primero a mirarla y ella lo secundó y ahí comenzó su primera sonrisa cómplice. Entendieron lo cliché de la situación; sin que el otro supiera, en sus mentes una voz les decía “y pensar que siempre creíste que eso no pasaba fuera de las películas y libros, que era estúpido esperar un encuentro de este tipo” (la voz de él agregó “y a tu edad”) y ahí sus sonrisas tuvieron más sentido.

Se miraron de reojo un buen rato, hasta que él pensó “¡qué demonios! Si me rechaza, me largo y ya”. Así que fue a su mesa. Ella, explotó en nervios, no sabía que hacer o decir.
- Hola, ¿me puedo sentar? –dijo él.
- Hola… sí –ella no sabía cómo actuar.
- Perdona que sea tan franco, pero me quede mucho rato mirando y creí que si no te hablaba, me arrepentiría… -ella no dijo nada. Se sentía nerviosa, como nunca antes se sintió.
- ¿Vienes seguido a este lugar? –dijo él, tratando de romper el hielo.
- Pues… -se sentía una tonta, se vio diciéndose a sí misma “vamos, ¿por qué no conocerlo y ver qué tal va todo?”- sí, vengo por lo menos una vez por semana, a leer…
- Sí, es un buen lugar para leer, con la pileta, la poca gente que transita y la música, de verdad es ideal –interrumpió él.
- Así que primera vez aquí. Debes venir más seguido es un gran lugar para alejarse de la metrópolis… y bueno, para hablar.
- A veces falta alguien con quien conversar y cruzar palabras…
- Bueno, quizás todos buscamos una –hizo el gesto con las manos de comillas- “Tregua” ¿no?
- Pues… tienes toda la razón. Ambos comenzaron a reír, al fin ambos tuvieron con quien reír de las tonterías que se les ocurriesen.

No fue la última vez que rieron juntos, de hecho, desde ese momento, las sonrisas nacieron en sus labios y sus propios espíritus se transformaron, dejándoles ver que el mundo no era tan gris como ellos pensaron cuando sobrellevaban sus soledades.

Ella supo que ese hombre, que no era fan de Jodorosky como creyó al ver su libro, podía ser un bastón de apoyo en su camino. Él, supo que con ella podría elegir un camino y caminar más seguro, porque ya sabes lo que dicen: “Si caminas solo, avanzas más rápido; pero si caminas acompañados llegas más lejos”.   









Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un contrato (segunda parte, final)

El Caballero y el Dragón.

tomando palabras sueltas de canciones, más imaginación, resulta...