Kim una ocupante diminuta [fanfic]

[Editado en 23/10/2016]

[Bueno, este es un fanfic de la pelicula "Arrietty y el mundo de los diminutos" es el segundo fic que hago, pero primero que publico. En esta ocasión cuenta con la coperación de Angélica SILVA Poblete -xD-, quien lo editó corrigiendo errores e inconcordancias. Espero les guste y comenten]

Kim tenía 12 años y tan solo con unos cuantos centímetros a su haber, era la más pequeña de los diminutos. Su madre era hermosa, de nombre Arrietty. Su padre, Spiller, había fallecido varios años atrás, cuando Kim solo era una bebé.

Los bisabuelos, los abuelos y los padres de Kim, siempre habían sido lo que se conoce como "buscadores", oficio consistente en tomar objetos del mundo de los humanos, sin que aquellos se diesen cuenta; estos objetos debían ser poco necesarios, de tal forma que los humanos no los buscasen al perderlos.

Fue en una misión que su padre murió y por esta razón, Arrietty, era muy sobre protectora con Kim. Esto cansaba a la niña, quien se sentía aburrida y ahogada dentro de su hogar.
Desde los cuatro años, Kim cantaba canciones a su abuela Homily, a quien le encantaban y hacían feliz. Con los años, Kim fue cantando más y más hermoso, pero no muchos diminutos conocían su voz, ya que el temor de su madre a que la niña fuera escuchada por algún humano, la llevó a ocultar este don. Era así que Kim solo cantaba a su abuela o cuando estaba sola.

Al morir Homily, se mudaron a una hermosa casa humana, era muy grande y antigua, blanca como la nieve y con un jardín hermoso que había crecido en libertad. La casa pertenecía a una pareja de jóvenes que amaba la naturaleza, por lo que nunca usaban químicos en sus plantas ni perturbaban a los insectos de los alrededores. Esto lo había escuchado Arrietty, por eso le pareció un buen lugar para quedarse –sin que esto significase que sus resguardos a Kim disminuyeran.

Un día, Kim paseaba bajo el piso de la gran casa, mientras su madre ponía a secar la ropa. A lo lejos oyó una voz que cantaba. Fue en busca de ese sonido sigilosamente y al fin vio a una delgada mujer, de piel blanquecina, sentada en una mecedora cantando. Kim no pudo contener las ganas de acercarse y se escondió a pocos metros de la mujer. Era una hermosa joven, la que pesar de verse un poco desaliñada por algún tipo de enfermedad, mantenía incólume su belleza. Kim quedó absorta en la hermosa canción, hasta podría haberla cantado aunque no supiese la letra. La melodía terminó suavemente, tanto, que Kim no se dio cuenta que la mujer la había descubierto. La niña temió lo peor cuando vio los ojos de la mujer sobre ella, pero su alarma se apaciguó poco a poco. Los ojos de la mujer eran bondadosos, cálidos. “No temas, no te haré daño”, le dijo la joven; sin embargo Kim huyó de inmediato. Al volver al lugar donde se encontraba su madre, vio que esta la observaba con ojos severos y la interrogó para que le dijera donde había estado. “Estuve dando un paseo; al ver que me alejé demasiado, corrí de regreso, eso es todo” dijo la niña. Arrietty hubiese sabido fácilmente que la niña mentía, pero hacía años que había dejado de ser esa niña comprensiva y mágica, que fuera amiga de un humano, pues el temor tomó su corazón; de este modo, creyó lo que Kim le dijo.

En los días posteriores, Arrietty permitió a Kim que paseara en las cercanías, pero siempre llenándola de advertencias. La niña no dudó en volver a ver a la mujer, esta vez, eso sí, con cuidado de no ser vista. Al llegar, la mujer cantaba la misma canción y la repetía una y otra vez, por lo que Kim no tardó en aprenderla. La cantaba junto a la mujer, pero con un leve murmullo. Pasaron los días y la mujer interpretó otras canciones, que la niña también aprendió y cantó. Con el tiempo, Kim descuidó las precauciones para no ser vista, siendo descubierta nuevamente por la mujer. “Sabía que volverías… cantemos ¿de acuerdo?”, le dijo la mujer con una enorme sonrisa en su pálido rostro. Llena de dudas, Kim cantó junto a ella. A pesar de su tamaño, su voz se oyó clara y potente; era algo único. Nunca un diminuto había tenido esa habilidad de hacerse oír por los humanos sin tener que usar algún elemento que intensificara su voz. Además, nunca hubo ni volvió a haber alguien con tan hermosa voz entre los diminutos. Desde ese día, Kim y la mujer cantaban juntas casi todos los días. Había días en que no, ya que Kim no podía salir, pues Arrietty no se lo permitía. Coincidentemente, esos días de ausencia de la niña, la mujer tenía crisis y su salud empeoraba.

Fue en una de esas crisis donde Kim fue vista por los las dos personas que vivían en esa casa. Al oír toser a Mary, la mujer con quien hizo amistad, la niña corrió sin pensarlo, para ver si podía ayudarla. Al llegar, Mary disminuyó la intensidad de su tos y logró balbucear: “Canta… para mí”. Kim lo hizo, pero esta vez cantó una historia de su pueblo; Mary dejó de toser y la oyó atentamente. Cuando la canción acabó, un ruido alertó a ambas y descubrieron que eran observadas por un hombre y una mujer de mediana edad. Mary, con estupor, miró a Kim y le dijo: “¡Corre!”. La niña huyó con todas sus fuerzas, pero al llegar casi al centro del camino, escuchó una voz: “Lo sabía, por eso insistías tanto en salir, por eso habían nuevas canciones”. Su madre surgía desde las sombras, molesta. Arrietty no comprendía la amistad de ambas y le castigó, no dejándola salir de casa durante un largo, largo tiempo.

Pasaron las semanas, y Mary entristeció al no ver a Kim y no poder cantar junto a ella, por lo que su salud decayó terriblemente, aumentando la fiebre y la tos. Las dos personas lloraban de impotencia y desesperación al no saber qué hacer, y el médico les había quitado toda esperanza. Fue entonces que entre delirios producidos por la fiebre, Mary pronunció una y otra vez el nombre Kim, llamándola y rogándole que cantaran juntas nuevamente. No sin demora, los dos entendieron que la niña diminuta, que ambos habían visto algunos días atrás, no era una ilusión, que la hermosa voz que escucharon fue real y que ahora era la única capaz de salvar a Mary. Fue así que la buscaron por toda la casa, con desesperación gritaban: “¡Kim, por favor, Mary te necesita… nosotros te necesitamos!”, pero Kim no podía oírlos, pues Arrietty la ocultó muy bien. Sin embargo, algo había unido a estas dos personas, un lazo de amistad tremendo, por lo que una repentina corazonada despertó a Kim de su profundo sueño en la trémula noche. Con un dolor en el pecho, desobedeció a su madre y salió en busca de ese algo que la llamaba. Al dar unos pasos afuera en el jardín, la voz de una mujer llorando la conmovió. 

“¡Por favor! ¡Sé que eres real y Mary se muere… no soportaría vivir sabiendo que mi hermana se irá de este mundo así!”. Al escucharla, Kim se presentó frente a ella. Al fin, con alegría y un llanto ensordecedor, la mujer tomó a la niña entre sus manos y la llevó a la habitación de Mary. La madre de Kim se dio cuenta que algo había pasado afuera, pues el silencio volvió a reinar. Corrió y al no ver a su hija en su habitación supo enseguida dónde estaba. Sin dudarlo salió en su búsqueda. Al llegar a la habitación de Mary, Arrietty vio a su hija sobre el velador de la mujer que yacía en cama, en silencio y con los ojos cerrados. Arrietty se apresuró, del piso con agilidad subió al velador y, arriesgándose a ser vista, le sujetó fuerte el brazo a su hija y con voz imperiosa le dijo: “¿Por qué haces esto? ¿No ves que ellos no hacen más que preocuparse por ellos mismos y una vez que dejes de ser útil se desharán de ti? Las dos personas oyeron esto, pero no supieron qué decir, puesto que entendían el temor de la madre de Kim, pero ellos no eran así. Ellos respetaban a las criaturas de la naturaleza, sin importar de qué criatura se tratase. Sin saber qué decir, se miraron en silencio, llenos de pesar. Kim mantuvo su mirada en Mary y después de un lánguido silencio, miró a su madre y le dijo: “Madre, comprendo tu temor y tu dolor; yo sé lo difícil que es volver a confiar en los humanos… pero ¿si no los ayudamos, no seremos igual que ellos? ¿Acaso no fuiste tú amiga de un humano hace años? Él también estaba enfermo y tú lo apoyaste… Mary es mi única amiga y aunque mi vida esté en juego, si puedo cantarle una última vez, estaré feliz”.

Los ojos de Kim brillaban, al encontrarse segura de lo que decía y sentía. Arrietty se vio a sí misma. En ese momento, recordó a Sho, el amigo humano al que tanto quiso. Cerró sus ojos y soltó el brazo de su hija: “Tienes razón, mi corazón se ha oscurecido y olvidé quien soy… no quiero que te pase lo mismo”. Antes de que Arrietty pudiese agregar más, la abrazó y le sonrió. Kim comenzó a cantar, esta era una canción nueva, una canción sobre dos amigas que el destino unió y que juntas lucharon día a día por su felicidad. El rostro de Mary se transformó, se tranquilizó y recuperó el color. Después de un rato, abrió los ojos, miró llena de brillo a Kim y le sonrió. La hermana de Mary no pudo evitar llorar y corrió abrazarla, el hombre caminó y la observó con una sonrisa. La debilitada mujer comprendió los pesares que habían vivido ambos y les dijo: “Ya estoy en casa”, mostrándoles la sonrisa más tierna que ellos habían visto jamas.

Cuando los ánimos se calmaron, el hombre se acercó Arrietty y a Kim que observaban la escena desde el velador, y les dijo: “No puedo responsabilizarme por todo el daño que han recibido, pero les doy mi palabra de que esta será su casa hasta que yo muera, no solo por agradecimiento por lo que han hecho, no solo porque Kim sea amiga de Mary, sino porque todo ser vivo merece paz”. Desde ese día, Arrietty y Kim vivieron en paz junto a esta familia. Kim cantaba todos los días junto a Mary y ésta nunca más volvió a caer tan enferma, recuperando el ánimo y la energía. Incluso, al poco tiempo, llegaron nuevos diminutos, quienes fueron acogidos alegremente por un largo período.

Fin.

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