Un odio rastrero.
[Editado en 05/06/2016]
Corrió y corrió. Sus piernas de cinco prematuros años no seguían sus órdenes, sino la voluntad propia que de algún modo obtuvieron. Su hermana ahí tendida, con el pecho abierto por ese punzón y su novia con la cabeza oscura y con sangre por los batazos que le dieron. Pero eso no lo entendería él, no entendería eso, él no tenía que entender la intolerancia, la cobardía y la crueldad del hombre.
De hombres que se creen dueños de una verdad absoluta. Verdad que los convierte en sanos y normales.
Los "neonazis" que las embistieron, ni siquiera se preguntaron a quien dejaban sin familia, si eran o no buenas personas; si ayudaban a esta sociedad oscura, desbordada en prejuicios de consumismo arrebolados.
Él, a sus cinco años vio a su madre caer al suelo sin decir más que “¡Benja corre! ¡Ándate!”, con lágrimas en sus ojos, mientras uno golpeaba a “la tía Tamara”, esa que siempre se preocupó por él, la que le compró los útiles escolares para que pudiera seguir jugando en el kínder, que le contó cuentos por las noches y le hizo entender que ella era la persona, junto a él, que más amaba a su mamá. La tía llegó en un momento que él no recuerda, pero ya estaba ahí “el papá se había ido”, porque el Benja nunca conoció a su valiente padre. “Era un borracho y putero, cobarde por entero y sin agallas para considerarse hombre” escribió Jessica en una carta a su abuelo de Mendoza, “su prima grande” como le decía Benja.
“Huevón, Zeta, ese pendejo se arranca, ¿lo agarro?” Pero el Zeta le hizo un gesto negativo con la cabeza, sin mirarlo, porque era muy entretenido patear a esta lesbiana que lo seguía tratando de “maricón”, aunque ya su boca nunca volvería a ser la misma.
Benja corrió y corrió y sus ojos empezaron a llorar cuando ya llevaba andado un trazo muy largo de camino. Tropezó, tanto porque ya había oscurecido, tanto por su cansancio de horas de huir. Ahí se quedó, tendido llorando, el instinto le decía que ya no volvería a ver a su mamá, no lo volvería a poner en su pierna y cantar “quete tone quetetone tone tone”, esa extraña canción que tanta diversión le causaba mientras su madre lo hacía galopar en su pierna.
“¡Marta! Es el hijo de la Gabriela” gritó asustado don Víctor, el vecino de al lado. La suerte lo trajo de vuelta a su propio barrio, Los Nogales, pero no se sabe el por qué, pues estaba a dos horas desde donde fueron atacadas las dos mujeres. La consternación era mayor, porque el niño, orinado entero, no dejaba de llorar y parecía gritar cuando le preguntaban por su madre.
El polaco llegó sudando, descompuesto y pálido. De una larga carrera venía. Gritaba: “¡¡la mataron, la mataron!!¡¡ Estos hijos de puta la mataron!!”.
Nadie entendía nada. Rosana, una vecina lo calmó. El polaco no miraba a nadie, por eso no supo que Benja estaba sollozando muy cerca de él. “¿A quién mataron?” preguntó finalmente don Víctor.
“A la Gabriela… los nazis mataron a la Gabriela y a la Tamara a patadas ¡¡estos perros las mataron!!” Gritó entre llanto y rabia el Polaco, un rubio de ojos verdes pecoso, que fue compañero de colegio de la Gabriela.
Todo tenía sentido, el porqué el Benja llegó en esas condiciones, todo era cruelmente claro ahora.
Un silencio lleno de muerte recorrió a la población, un resentimiento nacía ahora; todos hermanos en su odio. Benjamín ya no lloraba, sus ojos se oscurecieron, se tornaron de un negro mortuorio. La sonrisa de él se fue de un batatazo.
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